miércoles, 8 de febrero de 2012

FRANCISCO DE LA VEGA CASAR: EL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES

EL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES. (Extraido del libro del autor Enigmas de Cantabria)

Ya desde la antigüedad se nos habla de nereidas y de tritones, seres
mitológicos, mitad hombres, mitad peces, y esto aparece en ilustraciones
y grabados de navegantes, hasta finales del siglo XVII.
Después de este siglo, se continúa hablando de estos extraños seres,
ayudado por los relatos de testigos que afirmaban haber visto entes de estas
características tan peculiares.

En muchas tradiciones de las culturas más diversas, aparecen seres anfibios
generadores de civilizaciones. El sacerdote babilónico Beroso, describió
unas criaturas llamadas Annedoti (los repulsivos), unos hombres-peces que
habían traído la civilización. El primero de ellos fue Oannes. La tribu Dogon
de África Occidental, cree que unos seres anfibios, los Nommo, visitaron la
Tierra en un remoto pasado. Los Nommo vinieron del sistema estelar de Sirio.
En la mitología griega, abundan los extranjeros con cuerpo de pez, sobre
todo en la isla de Rodas, donde estaban los Telquinos, genios transmisores de
cultura y demonios de las profundidades del mar.

A principios de nuestra era, Plinio El Viejo nos cuenta una historia muy
curiosa, en su obra titulada “Historia Natural”. En su época, fue avistado un
ser marino, mientras surcaba el mar de Cádiz, y su forma era humana, lo cual
fue verificado por varios caballeros romanos, que testimoniaron tan singular
hecho.
Otro caso  ocurrió en Inglaterra, en 1137, donde un ser de apariencia normal,
fue “pescado” en las costas anglosajonas, concretamente, en el Canal
de la Mancha, y fue recogido entre sus notas por los cronistas ingleses Larrea
y Ralph de Coggeshall. Cuentan como unos pescadores, de la localidad
de Oxford, capturaron a un hombre desnudo, que nadaba con soltura bajo el
agua. Una vez que fue apresado, le llevaron ante la presencia del gobernador
de Oxford, el cual le tuvo en exhibición durante mucho tiempo, escapándose
un buen día. Mas tarde, volvió a la costa, y estuvo viviendo entre los vecinos. Durante el tiempo de su encerramiento, solamente se alimentaba de pescado, sin pronunciar palabra alguna, a pesar de sufrirlas más crueles torturas.
 


Por aquella época, en un libro impreso en Holanda “Las Memorias de
Trevoux”, y recogido el hecho en la obra de Valdivieso, “El Hombre Pez de
Liérganes”, se describe el encuentro de un bajel mercantil holandés, que navegaba
por las costas de aquel país, con un hombre marino, el cual acercándose
a la embarcación, saltó a bordo y hablando la lengua holandesa, pidió una pipa
con tabaco en hoja, para gozar de su humo. Dijo que hacía ocho años que vivía
en el mar, y arrojándose a este de nuevo, desapareció.

Cristóbal Colón, iba a ser también testigo de excepción, de un avistamiento
de tan extrañas criaturas. Cuando el navegante genovés se encontraba frente
a las costas de Las Antillas, cree divisar tres de estos seres, que le pareció
que bailaban sobre el agua, con una fisonomía “feas y mudas y en su mirada,
una cierta nostalgia de Grecia” según sus propias palabras.

Cuenta la historia que en Ceilán, al sureste de la India, fueron sacados por
unos pescadores, en una sola tirada de red, siete hombres y nueve mujeres marinas.
Ocurrió en 1560. Según los testimonios, eran humanos, sin mezcla de pez.
(...)

En La Montaña, los crueles relatos acuñados por la literatura clásica, tanto
romana como griega, sobre extraños seres de morfología de pez, fueron notablemente
suavizados, y el resultado fue que las narraciones de pescadores y
navegantes sobre sirenas, tritones y nereidas, quedaron en cuentos e historias
fantasiosas de los hombres del mar, a pesar de que muchos de estos extraños
encuentros estaban protagonizados por un número de testigos considerable.
Por esta razón, muchos de los escudos y blasones de Cantabria, representan
a sirenas y otros seres acuáticos, fruto de estas leyendas. Así podemos citar
El Lantarón, ser de la mitología cántabra que guarda las costas y el mar de
la región. Tiene formas y costumbres comparables a las humanas, y es muy
similar al dios Neptuno itálico o al Poseidón griego. Tenía unos pies enormes,
unidos los dedos por membranas, el cuerpo robusto y musculoso, la piel verdinegra
como las algas. Solía el Lanjarón acercarse a tierra en la bajamar, y
apostarse en los salientes de las rocas, donde permanecía inmóvil y erguido
como una estatua. Se alimentaba de pulpos que arrancaba del fondo del mar.
Llevaba, como báculo, una recia vara de saúco.

Pero el mas conocido, dentro de estos singulares seres, es el Pesce cola
ó Peje Nicolao. En España fue conocido como Pez Nicolás. Sus hazañas natatorias
fueron tan impactantes que todavía hoy permanecen en la mente de
muchos pescadores en innumerables puertos del mundo. Fue tan popular, que
de Oxford durante dos meses, arrojándose al océano de nuevo, sin que se hubieraCuentos de madres aBarcelona, 1878, y en “Desagravios de la mujer ofendida contra las,
el benedictino, padre Feijóo, le dedicó varios capítulos en su obra, “ El Teatro
Universal”, y él mismo cuenta que era un gran nadador de Caíanla, y que se
dedicaba a la pesca de ostras y coral:

“Domesticado con aquel feroz elemento, el mar, igualmente se recreaba
en sus serenidades que despreciaba sus furores. El día que no se adentraba
en el mar, sentía tal angustia, tal fatiga en el pecho, que no podía sosegar...
buceaba grandes distancias, y recorría el mar como nosotros la tierra, llevando
el correo del continente a la isla. Así vivía ese racional anfibio, hasta
que su desdicha le hizo víctima de Neptuno, al cual adoraba.”.

Pero la mitología cuenta que no fue Neptuno en verdad quien lo mató,
sino el rey Federico de Nápoles, el cual le obligó a sumergirse en el terrible
remolino de Caribdis, el mismo de los viajes de Ulises, para recoger una copa
de oro lanzada de antemano y de manera desafiante por el rey. A los tres
cuartos de hora, salió el pobre Nicolao con la copa en la mano, arrojándola de
nuevo el cruel rey, y obligando de nuevo al hombre pez a recogerla, pero esta
vez pereció ahogado…o al menos eso se cree.

Pero hay mas: Alejandro de Alejandro, jurisconsulto, nos relata:

“Conoció a otro hombre que era marinero y de barca fuerte, que andaba
por la mar de pescador y grumete otra vez... y era tan gran nadador, que recorría
nadando la distancia que hay desde la isla que esta a la vista de Nápoles,
hacia la otra isla que se encuentra a una distancia de 50 estadios. Lo hacia
en un día, que sería mas de legua y medía la distancia (ocho kilómetros), y
que acaeció salir con el varios hombres en un batel con remos y no poder con
su nadar. Los historiadores también describen maravillas de otro nadador,
llamado Delio, tanto que se trata por un refrán: “Delio, nadador””.

De nuevo, el benedictino Feijóo, trata sobre el tema, en un recopilatorio
de las “Memorias de Trévoux”,  obra comenzada por el francés del mismo
nombre:

“A principios del siglo XVIII había en Madrid un calabrés religioso, el
cual tenía la virtud de los animales anfibios, de poder estar mucho tiempo
debajo del agua. Este se puso a experimentarlo enfrente del propio rey, el
cual no aceptó el reto, tal vez temeroso, por los relatos del otro rey, Federico,
quien mato a Nicolao por su curiosidad ”.




Y va a ser el religioso Feijóo, el que profundice mas en el análisis del
hombre pez de Liérganes, a pesar que en su obra, puesta al servicio de la
verdad religiosa, racional y lógica para aquellos tiempos, titulada
"Teatro Crítico”, ataca de forma severa, las profecías, los milagros, los duendes,
la astrología judiciaria o a las zahoríes. Pero al llegar al extraño ser santanderino
y otros hombres y mujeres peces, después de analizar y sopesar
numerosos testimonios, dice que para él no había ninguna duda sobre su
existencia.

No cabía duda que los mares estaban poblados de estos maravillosos tritones
y nereidas, y se lamentaba cuando decía que el de Liérganes era mudo, por
lo que desgraciadamente, no pudo contar a los contemporáneos de su historia,
las maravillas de los fondos de los mares.

Para justificarse de sus afirmaciones, el religioso afirmaba que en la naturaleza:
“Había por doquier ejemplos en los que el aire no era imprescindible para
la vida -pues un feto vive sin respirar, mientras esta en el claustro materno”.
Esta teoría estaba basada en creencias de la época en las que se decía que
el ser humano podía vivir sin respirar, varias horas sumergido, puesto que los
pulmones de los ahogados no se encontraba agua, de lo cual falsamente se
concluía, que podían pasar sin aire. Se realizaron numerosos estudios, desmentidos
todos ellos por la ciencia actual.

 
(continuará)

 
 

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