jueves, 12 de enero de 2012

LA OSA DE ANDARA


EL CASO DE LA OSA DE ÁNDARA




Según datos que se conservan en obras literarias del S. XIX,  existía, o tal vez, existe en el suroeste de Cantabria,  un extraño ser,  cuyo ámbito de influencia abarca la frontera con León y Asturias, por  las faldas de los Picos de Europa. Se trataría, de resultar ciertos los comentarios, sucesos y numerosos testimonios de su avistamiento en aquel siglo, de uno de los eslabones perdidos de la evolución, que la naturaleza no supo incluir, si entre los seres humanos, o entre una desconocida raza bastante superior a las bestias ya catalogadas hasta aquel momento.

Sin duda, esto nos trae inmediatamente a la memoria, otras “bestias”, con comportamientos y rasgos humanos, conocidas a nivel internacional, como puede ser el Yeti centroasiático o el Bigfoot norteamericano, así como otros de sus mismas características, esparcidos por todo el mundo, y encuadrados en un escurridizo territorio, situado entre el mito, (las creencias y la fantasía del folklore regional de cada lugar), o la realidad de unos asustados testigos, poseedores de relatos asombrosos, observaciones colectivas e incluso filmaciones de estos extraños seres en nuestra época. Nuestro país también es rico en esta fenomenología.

Centrándonos primordialmente en el caso que se desarrolló en los Picos de Europa, en el extremo sur- occidental de Cantabria, comenzamos con una antigua crónica literaria:

“De un último individuo de una tribu de vaqueros, hablase todavía en los pueblecillos de la región de Ándara, en los Picos de Europa; aun recuerdan los viejos la famosa mujer (sic), a quien llamaban La Osa de Ándara”.




De un libro así titulado (La Osa de Ándara),  escrito por Joaquín Fuste y Garcés y publicado en Madrid en 1875, el cual es mitad novela, mitad estudio psicológico de los habitantes de la zona, se pueden sacar los datos más precisos sobre el particular, así como un estudio de primera mano de este ejemplar no catalogado, al parecer semi-humano:

“Sus carnes, cubiertas con una capa de suciedad endurecida, sus largas uñas, encorvadas como las de los águilas, sus pies anchos y cortos, que apenas se distinguen los dedos los unos de los otros, ni en longitud ni en volumen, sus manos encallecidas, su tronco redondo por una desmesurada obesidad y lo tosco de sus miembros, la asemejaban, en efecto, a una osa. Bajo un monte de pelo crespo, enmarañado, asomaban unos labios parecidos a un hocico, unos ojuelos brillantes, una nariz chata, una frente aplastada y estrecha y unos pómulos prominentes y angulosos”

Muchas de estas características en la descripción, guardan una total similitud con el estudio que los paleontólogos hacen del hombre de Neandertal, así como los relatos contemporáneos de este tipo de seres por todo el mundo,  como posteriormente veremos.

 Más tarde, concretamente en 1964,  Adriano García Lomas,  recoge,  en su magnifica obra “Mitología y Supersticiones de Cantabria”,  entre otras tantas recopilaciones de historias de La Montaña, la noticia de este apasionante ser,  pero, si bien se hace eco de la obra publicada por Fuste y Garcés, también narra  su propia experiencia con el trabajo de campo realizado por el mismo en el año 1924, poniendo en boca de un aldeano de la zona:


“Es la Osa de Ándara; la conozco mucho, y tanto, que solo de mi hace caso, y no siempre, esta fiera. Vive en el Grajal y Macondio, en verano, y las cavernas de la entrada de Ujo, por la parte de La Hermida, en invierno. Leche, castañas, raíces y maíz crudo son de ordinario sus alimentos. Excepción hecha de algunas crías que reserva para que no mengüe su pequeño rebaño, se regala en la primavera y el otoño, comiéndose crudos los cabritos que paren sus reses. Yo he visto devorar uno de esos animalitos: En aquel momento rugía como una verdadera fiera, y parecía que lanzaba chispas por los ojos. Va descendiendo de Ándara, a medida que la ahuyentan la nieve y los hielos; pero asciende desde La Hermida a medida que mejora el tiempo”.

Parte de estos relatos, serian a la vez, publicados en la obra “Picos de Europa. Contribución al estudio de las montañas españolas” cuyos coautores fueron Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa de Asturias, y José F. Zabala, del Club Alpino Español, en el Madrid de 1918.




Pero, sin duda, impactado e interesado por el extraño caso, como decíamos antes,  García-Lomas, el autor citado con anterioridad, deseando ampliar la noticia y de comprobar sobre el terreno la veracidad de aquellos relatos de Fuste y Garcés,  se entrevistó, en 1924, con algunos vecinos de La Hermida y Espinama, para que le hablaran del particular. Las conclusiones que obtuvo fueron que la mayoría de los vecinos habían oído hablar de tal ser, incluso que creían de su existencia, de una bestia con costumbres humanas, de mas de dos metros, bípedo, aunque caminaba algo encorvado, que ellos creían que era hembra, asilvestrada, la cual había perdido el trato con la especie humana, siendo conocida mas famosamente, como “La Osa de Ándara”.

Las versiones de los paisanos de mas avanzada edad, incluso las de los antecesores de estos, hablaban de una bestia, mujer-osa, enfadadiza y de carácter huraño y desconfiado, la cual evitaba lo máximo posible el encuentro con los seres humanos, si bien no se mostraba violenta ni atacaba, en tanto no era agobiada ni molestada. Cuentan también que, a pesar de ser carnívora, y devoradora de alimañas, a la vez, se la había visto comer frutos silvestres, bayas, frutas de árboles  del monte y panales de miel.

Estas mismas personas seguían narrando que, en momentos que eran sorprendidos en los territorios de sus correrías, y teniéndola a un palmo de distancia, la miraron a los ojos, los cuales con la irritación bizqueaban. Decían que sus manos eran gruesas y fornidas, ásperas y con una pigmentación oscura. Era sumamente brava y forzuda, como decíamos, pero rara vez mostraba estos atributos, salvo en los casos que veía comprometida su propia seguridad.


La descripción que hacen de la criatura y de su atuendo es que poseía una batea o dornajo (esto es, un recipiente en forma de pirámide invertida), y un cuchillo que podía estar hecho de cachicuerno. Su ropajes, unas vestimentas en forma de jubón (prenda ceñida y ajustada al cuerpo, que la cubría desde los hombros hasta la cintura, entretelada con lana), unido burdamente a un viejo refajo. Así se mostraba, con el cuerpo cubierto con un traje raído, toscamente confeccionado, con trozos de pieles de los cabritillos de su pequeño rebaño. El rostro que poseía era el de una especie de anciana (de ahí que la relacionaran con una hembra), con los rasgos desdibujados. Sus cabellos largos eran morenos, pero también el resto del cuerpo estaba cubierto de una pelambrera semejante a las demás bestias del monte, llegando esta mencionada pelambrera a ser lo suficientemente fuerte en sus extremidades, como para compararla con las espinas de los erizos. A pesar de que mucha de esta parte de la descripciones que se hacen del ser, pueden ser tomadas por fantasías de los campesinos, es curioso comprobar como coinciden las versiones de muchos de ellos, los cuales aseguraban haber tenido a pocos metros la curiosa figura, ya fuera hembra, macho o animal confundido con el ser legendario.



Utilizaba los pequeños claros de la alta montaña, por la zona de El Grajal y del Macondio a pesar de la escasa vegetación y la paupérrima calidad de esta, para que pacieran y se esparcieran su reducido rebaño ovino. Esto, la hacía deambular por zonas casi vírgenes, llenas de bajo arbusto y plantas que la producían ronchas y pequeñas heridas en su cuerpo, que ella misma se curaba con la flora y raíces que recogía en la zona de Peña Vieja. El detalle que venimos anotando con asiduidad, como es el que realizaba labores de pastoreo,  da una idea de su grado de intelecto, sin haber sido vista en labores de agricultura, si descartamos la recolección de frutos salvajes y raíces del monte. Esto puede ser por su naturaleza inquieta y por su dependencia del extremo clima del territorio por donde trascurrían sus vivencias.

Así, contaban los lugareños, que incrementaba su rebaño con rebecos, que atrapaba con gran sigilo recién nacidos, el cual era amamantado por una de sus ovejas, hasta que conseguía domesticarlo. Hasta que esto no ocurría y no tenía otra para su recambio, no la sacrificaba.

Se movía por una zona amplia, habiéndose encontrado lugares donde había pasado la noche anterior, la cual transcurría en un duermevela, atenta a cualquier anomalía en el ambiente,  situándose dicho lugar en recovecos y cavernas de las elevadas cumbres, que conocía perfectamente. Se hallaban en muchas ocasiones en estos refugios sus herramientas, así como una especie de camastro, que se limitaba a un trozo de cuero y pellejo, sobre el cual presumiblemente se acostaba, dato que nos vuelve a dar el grado de civilización que el desconocido ser poseía.
Desde las laderas de alguna montaña, algunos pastores la habían observado caminar por la parte baja de estas, sorteando riachuelos y zonas de fangales, con la facilidad que solo da el haberse criado por aquellos lugares, con su peluda figura encorvada, en lugares bastante abruptos. No era difícil verla asomada al lago de Ándara, desde el Pico Sierro, que se alza a 2.650  metros sobre el nivel del mar, otras veces la vieron recogerse en cabañas de alta montaña, que poseían cuadras para el ganado ovino, en Áliva o en la Cueva de la Mora, en las laderas de Peña Ventosa. En este último lugar se creía que tenía su necrópolis. Muchos de estos pastores localizaban los lugares por donde andaba, analizando la edad de los excrementos que se encontraba del rebaño del mencionado ser.

Con respecto al lugar donde principalmente fue vista La Osa,  esto es,  en la Sierra de Ándara, no estaría demás describir el lugar concreto, utilizando un documento que fue realizado, para mayor interés, cuando las narraciones acerca del extraño ser eran mas numerosas. En dicho documento se habla del descubrimiento y la posterior explotación de las minas de Ándara, y fue realizado a principios del siglo XX, atribuyéndose su autoría al ingeniero Odriozola, que trabajó en dichas explotaciones, siendo un buen espejo, como nota curiosa, de la sociedad de los trabajadores de la época en aquel lugar,  habiéndose rescatado el mencionado escrito por los profesores Manuel Gutiérrez y Carlos Luque, en una obra titulada “La Minería en los Picos de Europa”. Dice así el fragmento:



“…las inclemencias meteorológicas solo permiten trabajar en las minas (de Ándara) medio año, del 1 de mayo, hasta el 31 de octubre…los principales minerales extraídos son Escalerita y Galena…se descansaban únicamente las fiestas locales y el 15 de agosto. Sin embargo, muchos mineros pactaban con las empresas permanecer aislados dentro de las galerías, durante los meses invernales, arrancando mineral y luego vendiéndole a un precio previamente acordado. En 1.890, las minas de Ándara están formadas por unos 400 trabajadores, sin contar los transportistas. Los picadores y barrenistas cobraban entonces unas 90 pesetas al mes, y se les descontaba una tercera parte en concepto de manutención. Las mujeres, que se ocupaban del escogido manual del mineral, cobraban 1,50 pesetas al día, mientras que la jornada de los mineros variaba de 2,85 a 4,75 pesetas diarias. Estos yacimientos, trajeron consigo la construcción de carreteras, para poder transportar el mineral de tan elevada altura a las zonas industriales. Una de ellas, concluida en 1.864, en la zona de las vegas de Ándara con La Hermida, discurriendo por la ladera oriental de la Pica del Macondiú, monte de la Llama, Dobrillo y Bejes, salvando un desnivel de unos 1.700 metros en 15 kilómetros, en un peligroso recorrido en zig-zag.
Se bajaba (el material) en caballerías, se almacenaba en determinados lugares (denominados posás), y posteriormente era cargado en carros de bueyes llamados rodales…estos carros podían cargar de 2.000 a 3.000 kilos de mineral…los carreteros y transportista llegaron a ser unos 240, con mas de 100 carros, que cobraban 1,35 peseta por tonelada y kilómetro transportado…”



   José Antonio Odriozola Calvo,  era un ingeniero de las minas,  hoy ya abandonadas,  que en aquel lugar existían y al que damos como el autor de lo que acabamos de exponer. 

Sintiose interesado por los trabajos que sobre La Osa de Ándara existían, de los dos autores citados hasta el momento (Fuste y Garcés y García Lomas), que habían establecido sendos trabajos sobre el particular, y decidió realizar una nueva investigación por su cuenta. Así, localizó una testigo (única a la que él hace referencia), una anciana llamada Crescencia González, nacida sobre 1.880 en Tresviso, a la que Odriozola entrevistó en Bejes en 1.966, la cual afirmaba que La Osa de Ándara era una pastora, Joaquina López, natural de Bejes, y nacida en torno a 1.818 o 1.826,  la cual era una mujer muy velluda (afectada de una enfermedad llamada hirsutismo). Según esto, el libro de Fuste y Garcés, era una especie de invención literaria, ayudada por leyendas de la zona. La mencionada pastora, Joaquina López, que incluso llegaba a tener toda la cara cubierta de pelo, abandonó Bejes y se retiró avergonzada a las cuevas de la zona de Ándara, donde permaneció durante varios años aislada, cuidando su rebaño de cabras, del cual se abastecía, junto a los frutos salvajes del monte. Pero después de unos años, volvió al pueblo, se casó y tuvo numerosa descendencia.


Curiosamente ni García Lomas, ni Fuste y Garcés, que habían estudiado el caso con mucha más antelación que Odriozola (concretamente con 42 y 106 años de antelación respectivamente), mencionan nada de esta hipótesis, ni siquiera citan la existencia de esta pastora, que, por su extraña enfermedad, tendría que haber llamado la atención a sus  paisanos de la época de aquellos pueblos tan remotos y de habitantes tan escasos. Además, si la mencionada pastora vivió a finales del siglo XIX  o a principios del XX, y tuvo descendencia, es lógico pensar que hubiera hijos supervivientes, descendientes directos, o vecinos contemporáneos de la protagonista, y en los pueblos próximos nadie sabia nada de la tal Joaquina, ni de su extraña enfermedad. Odriozola narraba también, como su única testigo, Crescencia González, aseguraba que había conocido a Joaquina cuando esta ya contaba unos 60 años, por lo tanto, ya se había vuelto al pueblo y posiblemente tenía hijos. Pero la testigo también dice que “…apenadas por su soledad, cuando aún vivía entre las peñas, las muchachas de Tresviso y Bejes, subían a ayudarla con su rebaño…”, por lo que podemos pensar que la versión se contradice y que no vivía tan aislada. Por lo tanto, muchas personas más debían de saber de la existencia de esta curiosa pastora, cosa que en  realidad no es así.

Mas recientemente, algunos autores establecen relaciones de este tipo de seres,  con personas aquejadas de enfermedades extrañas, generalmente endocrinas, como por ejemplo, hiperandrogenismo, o facciones varoniles agudas en cuerpo de hembra, hirsutismo idiomático, hipertricosis o síndrome del hombre lobo, etc.…pero todas estas extrañas dolencias no concuerdan plenamente con las características descritas en la Osa de Ándara, ya que algunas conllevan la infertilidad, cosa que si atendemos a los testimonios de Odriozola no cabe,  porque según él tuvo descendencia, y además numerosa; otras producen alopecia con el paso de los años, cosa que no se describe en ninguno de los trabajos realizados sobre su descripción, por lo que, como decimos, se podría descartar que la Osa se correspondiera con alguna persona enferma de esta tipología.

Y es que hipótesis hay para todos los gustos: Hay investigadores que sostienen que este tipo de “individuos” corresponden a lo que ellos denominan niños asilvestrados,  (generalmente con alguna minusvalía),  que eran abandonados por sus padres en las montañas y en zonas inhóspitas, los cuales pensaban que iban a ser pasto de algún animal, iban a morir de inanición, o simplemente, perecerían de frío, pero que lograban sobrevivir, adquiriendo hábitos salvajes. Esta práctica, a pesar de su gran crueldad, se piensa que no era demasiado extraña  en zonas rurales antiguamente. Como expone R.H. Zeng, después de haber estudiado muchos casos de esta índole,  en su libro “World children and feral men” (1942):   “…los niños salvajes nunca ríen, se vuelven cuadrúpedos y sufren una inhibición al deseo sexual…”.  Por esta razón, y otros tantos autores y médicos que analizaron esta problemática y que coinciden en lo expuesto, la Osa de Ándara y los otros personajes que nos ocupan tampoco coinciden con la descripción que se da de los niños salvajes abandonados.

Una de las posibilidades más sólidas,  si se acepta la existencia de este tipo de seres, es la que sostienen varios antropólogos, los cuales exponen que hasta hace 28.000 años, España estuvo habitada por la especie de homínido denominados Neandertales (Homo Neardentalensis). Muchas de las descripciones que se dan en los encuentros con los extraños seres que nos interesan, coinciden plenamente con este tipo de homínido prehistórico. Y concretamente y centrándonos en la Osa de Ándara, podemos comparar su constitución morfológica, o las partes que han podido ser descritas, con las del hombre de Neandertal, para llevar a cabo el razonamiento de dicha hipótesis. He aquí una curiosa relación citada por el investigador Ángel Morant.


 A la Osa de Ándara, se la describe con un tronco desmesurado, redondeado y obeso, mientras que la constitución del Neandertal era similar, con un tórax muy ancho y voluminoso y en forma de barril. Los pómulos de este hombre primitivo eran de formas prominentes e hinchados, similares a los de la Osa. La frente del primero era aplastada y baja, idéntica a lo relatado por los testigos de la Osa. Cuando se habla de los labios parecidos a un hocico de la mujer salvaje cántabra, se puede pensar en la similitud con el primitivo, en el se nos habla de rostro saliente y barbilla poco desarrollada. En lo que se refiere a los pies, los antropólogos comentan que son anchos los de los Neandertales, con los dedos dispuestos en abanico, lo que hace que parezcan de la misma longitud. Según los testimonios de los encuentros con la Osa de Ándara, los pies los tenía anchos y cortos, en los que apenas se distinguían los dedos, los unos de los otros, ni en longitud ni en volumen. Ambas descripciones de las extremidades de los dos seres comparados aquí, nos hablan de que estaban dispuestos para la vida en la montaña, con virtudes escaladoras.

Como decidimos, una serie de estos individuos, que no evolucionaron, se fueron quedando en las zonas más remotas e inhóspitas, acorralados por sus descendientes,  los cuales si fueron ganando en destreza e inteligencia, haciéndose lideres y en definitiva, apartando a los menos evolucionados hacia el olvido, acelerando su extinción, como es lógico en cualquier desarrollo de vida. Pero esto puede significar también, que un número no determinado de aquellos seres poco evolucionados, hubieran sobrevivido en sus remotos y abruptos parajes, hasta fechas bastante próximas a nosotros, dando lugar a encuentros y relatos con seres humanos de la actualidad, como queda demostrado en la zona norte de la península, así como en otras partes del mundo.

Por eso, diversos autores explican como esta hipótesis pudiera ser posible, ya que animales que en el resto de Europa se extinguieron, en la península Ibérica han conseguido sobrevivir, eso sí; en lugares apartados y remotos, como el Lince Ibérico (Linx Pardina) o el asno salvaje, el zebro (Equius Hydruntinus).
 Además, en el tiempo en el que Fuste y Garcés escribió su libro, solamente existía un cráneo incompleto, dos húmeros y un fémur de este Neardentalis, encontrados en Alemania en 1.856, los cuales no fueron reconocidos por la ciencia como verdaderos hasta 1.886, porque se pensaba que se trataban de los restos de una persona deforme, por lo que se puede razonar que el autor español nunca pudo saber de antemano la descripción morfológica para copiarla y atribuirla a la Osa de Ándara.

Algunos de los más viejos de la zona, totalmente desconocedores de estos intentos por aclarar el misterio,  como la señora María y el tío Justo, de 92 y 96 años respectivamente, concretamente en el pueblo de Bejes y de Quintana, entrevistados por mi en el 2.003,  daban el hecho como algo cierto, aspecto que me resultó curioso,  sobre todo con el aplomo con que lo asumían, diferenciándolo claramente de cuentos, leyendas y mitologías, habiendo oído a sus mayores, en su juventud, de encuentros con tan enigmático ser, a la que calificaban de medio bestia medio humana, con mucho vello por todo su cuerpo, que se sentía reacia al encuentro con las personas.

 Hablaban también de que cada tres o cuatro veranos, la Osa de Ándara,  se esquilaba a ella misma concienzudamente, dejando su pelambrera al rape, a la vez que realizaba dicha tarea con sus ovejas. Habitaba, me dicen los vecinos de Bejes, la zona de Ándara, donde existían unas minas, hoy totalmente abandonadas, de gran renombre en la época, como anteriormente habíamos descrito (me comentan que esa explotación minera, antes mencionada, que se encuentra a unos 20 kilómetros de Bejes, en dirección a Tresviso,  fue el primer lugar donde se estableció el teléfono, a principios de siglo, como nota anecdótica).

Todo esto, recogido con un intervalo de más de un siglo, desde que se tuvo la primera noticia de la aparición de la extraña Osa de Ándara,  hasta la actualidad, lo que da una idea de la repercusión que llegó a tener en su momento tal incidente, al perdurar hasta nuestros días. La señora María, haciendo uso de sus buenas facultades, me indica, que en aquella época se sintió bastante interesado un ingeniero madrileño que trabajaba en la mina, llamado Odriozola (he aquí un ejemplo de la portentosa memoria de María, que recuerda el apellido del investigador ya conocido por nosotros y anteriormente citado), el cual junto a un farmacéutico de Potes ya retirado, llamado Francisco Chacón (o Argazón,  esta vez no recuerda bien el apellido), llevaron a cabo numerosas investigaciones, entrevistando a  gente del lugar, e incluso recuerda de que hubieran publicado un libro, recogiendo todas estas pesquisas. 



Podemos analizar este caso mirando a través del prisma o el reflejo de las creencias populares del folklore de la zona, recreando un personaje cuasi humano, el cual representaría el arquetipo donde se incluirían los temores y las supuestas leyendas de los campesinos de la zona, en aquellos años. O bien dar crédito a los numerosos testigos de la época, y considerar a un ser semisalvaje, con conocimientos de ganadería y de otros usos, o quizás el último representante de una tribu cavernícola, que podía haber sido objetivo de estudio para los amigos de la “zoología extraña” o de atrevidos paleontólogos. Lo que si es cierto, es que dichos relatos se distancian notablemente de otros en los que se hablaban de seres mitológicos o de entes de las fantasías y los cuentos de la comarca, siendo considerada La Osa de Ándara, un ser real entre sus convecinos, como pudieran ser las demás bestias del monte. Y aunque, como decimos,  con facilidad podríamos incluir dichos testimonios como un engendro de las mentes calenturientas y las creencias populares de la población campesina, no estaría mal que dejáramos una pequeña ventana abierta a la posibilidad de que este anómalo fruto de la caprichosa madre naturaleza, fuera, en realidad, como lo describían los asustados paisanos, un curiosísimo ser de carne y hueso, descatalogado por la ciencia. Y para sujetar esta afirmación, nos podemos referir a que en diversas zonas del mundo, en tiempos  pasados y más recientes, un gran numero de personas han aportado testimonios en los cuales se hablan de seres muy similares a La Osa de Ándara, tanto por su fisonomía, como por los lugares que frecuenta y por sus costumbres hurañas o solitarias.



En la región vasca, existe la creencia en las zonas remotas de alta montaña, cerca concretamente de los Pirineos, de un personaje idéntico a la Osa de Ándara, llamado Basajaun. El escritor y etnógrafo Agustín Chaho, nos lo presenta como un ser nocturno y que se refugia en la espesura del monte o en las alturas de las montañas. Según este escritor, es un monstruo con cara de humano, que el vasco sitúa en el fondo de los grandes abismos o en la profundidad de los bosques.  Este ser, a la vista de las descripciones de numerosos testigos, tiene una gran estatura, una fuerza prodigiosa, el pelo largo y liso que parece cabellera, camina erguido con una especie de bastón en la mano y sobrepasa a los ciervos en su agilidad. En 1.776, Julien David Leroy, ingeniero de puertos de la Marina, escribió un informe sobre la explotación de bosques del Pirineo vasco, donde menciona como pastores vecinos de la localidad de Iratí, mencionaban haberse topado en varias ocasiones, con un hombre salvaje que habitaba en dicha región:



“…era de muy grande talla. Velludo como un oso y alerta como los rebecos, de un humor alegre y aparentemente dulce, pues no hacia daño a nadie. Frecuentemente visitaba las cabañas de los pastores sin llevarse nada; no conocía ni la leche ni el pan, ni los quesos; su gran placer era correr a los corderos, estallando en grandes carcajadas…cuando los pastores soltaban a los perros, cosa que hacían muy a menudo, salía disparado como una flecha, sin dejar que nadie se lo aproximara demasiado”



En la zona francesa de Ariége, existen también la creencia, como en el resto de los Pirineos, de la existencia de unos seres de las mismas características de los que nos ocupan: Allí son llamados Iretgges. Los folkloristas comentan que el bosque de Barthes estuvo habitado por Iretgges hasta el siglo XII o XIII. Se abrigaban en cavernas, alimentándose de productos de la tierra y de la caza que capturaban. Se les podía ver en la distancia, pero no toleraban que nadie se acercara a ellos, huyendo y escondiéndose al menor ruido.


En la zona mas oriental de los Pirineos, estos seres aparecen también, pero en un grado más violento, siendo frecuentes los enfrentamientos con labradores y pastores durante la Edad Media, así como la descripción de todo tipo de incidentes con dichos seres que son denominados aquí como Simiots. Y es que estos seres constituyeron una verdadera amenaza para los campesinos de la zona. Hasta en las crónicas del Padre Doménech, en su obra “Historia de Nuria” (1.666) son citados. El clérigo cuenta como el abad Arnulfo  había ido a Roma para pedir ayuda ya que los habitantes del valle de Persignan estaban sufriendo una ola de inundaciones y tempestades que estropeaban las cosechas, y además de esto, exponer de manera desesperada como una especie de animales parecidos a monos, los Simiots, entraban por la noche en los pueblos del lugar raptando a los niños. Cuenta la leyenda que al abad le fueron entregados los cuerpos de dos santos mártires, San Abdón y San Senén,  para que sirvieran de amuletos y,  así,  las calamidades naturales cesaron y los ataques de los misteriosos hombres peludos también.



 José de Vega Sentmenat, en su obra “El Libro de las Cosas Curiosas” de 1.774, decía que los pastores de Pirineo catalán, solían toparse en los puertos de montaña con seres descomunales, con el cuerpo totalmente cubierto de vello blanco. Incluso parece ser, que uno de estos curiosos individuos fue atrapado y exhibido en Barcelona en 1.760, como reza en un periódico europeo de la época.

En la comarca aragonesa de Sogarbe, cerca del río Cinca, existen los Silvan, especie de hombres bestia idénticos a todas las descritas en otros lugares de España. Tendría su habitat por las cuevas existentes en el desfiladero de Las Devotas, rodeado de paredes verticales y  rocas calizas, por lo que tenía fama de excepcional escalador. Se alimentaba tetando las cabras que guardaban los pastores durante la noche en los corrales, y por el día rapiñando los alimentos que los campesinos dejaban en sus casas, mientras iban a las tareas del campo. El Silvan accedía a las viviendas por las ventanas superiores, trepando por las paredes, haciendo honor a sus cualidades de escalador.
También se le responsabilizaba de la desaparición de niñas y pastoras. Los habitantes del pueblecito de Tella, hartos de sus fechorías, le envenenaron y acabaron con el, colocándole un cubo con leche y un bebedizo mortal.

 En otra zona de Aragón, la región oscense de la Guarguera, en la comarca del Serrablo, es cuna de una creencia sumamente popular que habla del “ome chato” u hombre cabra, un personaje de rasgos grotescos, que llevaba una existencia muy primitiva, alimentándose de frutos salvajes del bosque. Moraba en una buitrera del monte Canciás, y se le consideraba el último descendiente de un clan de pastores que vivían de espaldas a los habitantes de las poblaciones vecinas. Se le denominaba de aquella forma por lo horripilante de su aspecto, así como su gran habilidad para moverse entre riscos y peñas. Orejas desmesuradas y cabeza enorme. Su cuello corto y su gran tórax, le hacían parecer achaparrado. Vestía un sayo corto de piel de cabra, y las partes de su cuerpo que aparecían al descubierto, eran velludas como las de un oso. Apenas hablaba y su afición favorita era mirar a las mujeres mientras lavaban la ropa en el río. Calzaba unas galochas (especie de zuecos para el barro y la nieve) y llevaba una especie de garrote, para defenderse de las alimañas del monte.




A nivel internacional, nos podemos fijar en las notables similitudes que recogen los testimonios de la Osa de Ándara cántabra y cada uno de estos misteriosos seres repartidos por todo el planeta.
Como muestra citaremos los testimonios de las gentes del Caucaso, al referirse a su “abominable hombre” en particular, denominado allí “Alma” o “Almasty”.  Los sorprendidos testigos de esa región cuentan que son omnívoros, alimentándose de bayas, raíces, pequeñas alimañas y productos agrícolas que roban en sus incursiones cerca de los poblados. Sienten debilidad por algunos productos agropecuarios, como la leche, entrando por la noche en los establos para ordeñar el ganado o irrumpiendo en los refugios de los pastores. Parece que carecen de un lenguaje, aunque si se les escucha dar fuertes chillidos, que pueden recordar a la risa. Para los lugareños estos ejemplares son alguna raza de hombre prehistórico, que podrían haber sobrevivido hasta nuestros días, refugiándose en los lugares mas recónditos de aquella zona asiática.

Así, podríamos continuar y  elaborar mastodónticos trabajos acerca de las apariciones y los consiguientes testimonios de personas que divisaron a los “Bigfoot” norteamericanos, los “Sasquatch” canadienses, los “Maricoxi” amazónicos, los “Chemosit” africanos, los “Almas” caucásicos, los “Chuchunaa” siberianos, los “Hibagón” japoneses, los “Yowie” australianos, los “Tornit” de los esquimales o los “Xuêren” chinos.

Pero sin duda, el que más fama arrastra es el mal denominado “abominable hombre de las nieves” o “Yeti” del Himalaya, cuyo nombre significa hombre salvaje de los lugares rocosos o animal que habita en las rocas. Curiosamente, en idioma nepalí, Yeti quiere decir ermitaño. Pues bien, las mayoría de los avistamientos de este raro ser, siempre se han producido en altitudes no muy elevadas, en las faldas de las grandes cordilleras de esta zona del mundo, hecho que muchas personas no conocen, y que siempre pensaron que habitaba en las zonas mas abruptas. Las narraciones de los campesinos de la región, están entremezcladas con creencias mitológicas, si bien esto no menoscaba el realismo y las pruebas físicas, como huellas y restos de excrementos y pelambrera que aportan los testigos, tanto ellos como un gran número de exploradores que se han topado con este ser, sin,  ni siquiera,  saber de su existencia.

Como muestra, Meter Kolosimo, en su libro “El planeta incógnito”, recoge el relato que a la vuelta de una expedición al Himalaya, hizo de su aventura el fotógrafo griego N.A. Tombazi, en 1925:

“Dormía aún, cuando se oyeron los gritos de los sherpas. Uno de ellos me llamó excitadísimo:
-          ¡Señor, salga usted!, ¡un Yeti!
-          ¿Un Yeti?, dije medio dormido.
-          ¡Salga!

Salí de la tienda. Una luz cruda me impidió ver de momento, pero no tarde en divisar lo que los sherpas me indicaban, a doscientos o trescientos metros por debajo de nosotros. Sin duda el contorno de la figura era semejante a la de un ser humano: La cosa caminaba en posición vertical, inclinándose de vez en cuando para recoger algún rododendro seco. Destacaba oscura contra la nieve y no llevaba ropa. Pocos minutos después había desaparecido…Examiné las huellas, semejantes a las humanas, pero de 15 a 18 centímetros. Se podía distinguir muy bien los cinco dedos y la concavidad del pie, mientras que el talón estaba grabado más débilmente. Pero sin duda se trataba de las pisadas de un bípedo”.


En 1935, un Yeti se presentó en una aldea llamada Kathagsu. Fue visto por numerosos testigos, que le arrojaron piedras. La criatura había matado dos ovejas. Integrantes de más de una veintena de expediciones de distintos países al Himalaya y a otras regiones montañosas de China, encontraron rastros evidentes del “Yeti”. Los honestos testimonios recogidos coinciden de forma asombrosa, con los cuales,  podríamos hacer un retrato robot:

-          Su comportamiento es humano.
-          Hace escalones en las rocas y traza caminos.
-          A veces se le ha visto con arcos y flechas muy rudimentarios.
-          Su altura oscila entre los 1,5 (los “Metrey” o “Tetis caníbales”, los cuales son los únicos que atacan al hombre), los 2,5 metros (los “Chutrey” o comedores de animales de gran tamaño, como el yac o el buey de las montañas) y otro de la misma altura denominado “theima”, que habita fuera de las nieves perpetuas y que es herbívoro e inofensivo.
-          Espeso pelo, de 1 a 2 centímetros de longitud, el cual cubre absolutamente su cuerpo, a excepción del rostro, que posee características simiescas.
-          La mayoría caminan erectos, apoyándose solamente en sus extremidades inferiores, pero también se los ha visto ayudándose a caminar con sus miembros superiores. Estos alcanzan más longitud que los brazos del hombre, con respecto a su cuerpo.
-          Se creé que puede haber dos zonas de “yetis”: El más voluminoso, que se encuentra en las zonas montañosas del Himalaya, y otro mas pequeño, que se localiza en el sur de Asia central, China, Borneo e Indochina.
-          Las huellas y pisadas que se han encontrado, oscilan entre los 15 centímetros y los casi 50, que fueron descubiertas por un funcionario británico de bosques, J.R.P., en una expedición al Himalaya patrocinada por la corona británica.


De forma objetiva se podría pensar a la vista de todos los datos expuestos hasta ahora, tanto a nivel nacional como internacional,  que hay un atisbo de realidad en los cientos de testimonios que existen. Hasta el momento, como hemos visto,  los escasos científicos que se han atrevido a conjeturar sobre la razón de la existencia de estos apartados seres, han manifestado  que puede tratarse de un desconocido animal, que se encuentra en mitad de la escala evolutiva y sin que haya sido incluido en ningún catálogo zoológico, el cual ha quedado aislado en las cumbres o zonas remotas, donde son descubiertos la mayoría de ellos. Con respecto a la Osa de Ándara, una cosa esta clara: Para los lugareños y las gentes que vivieron en la época de sus primeras observaciones,  es un hecho real la existencia del mencionado y extrañísimo ser, diferenciándolo de otros seres mitológicos y demás leyendas de tipo fantástico.


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