jueves, 12 de enero de 2012

CAPÍTULO I DEL LIBRO EL ENIGMA GARABANDAL



Sirviendo lo expuesto hasta ahora de introducción, veamos lo que sucedió en
el año 1961 al suroeste de Cantabria, a casi 100 kilómetros de Santander, en un
pequeño pueblo, cerca de Puentenansa. Era un domingo, 18 de junio de 1961.
Los paisanos de la pequeña localidad montañesa de San Sebastián de Garabandal,
ajenos al bullicio y a muchos de los adelantos de la época, no sospechaban lo que
iba a ocurrir en su modestísimo pueblo perdido entre las montañas…
Según la costumbre, al anochecer, una mujeruca del pueblo recorría las callejas
como lo hicieron sus antepasados y los de sus vecinos, tocando una campanilla,
invitando a los moradores de la aldea a rezar por las ánimas del Purgatorio. El Rosario
se rezaba todos los días en la iglesia. Las gentes, fatigadas por sus quehaceres
diarios en el campo, se iban retirando a descansar pausadamente, con la tranquilidad
de los lugares en donde la prisa no existe o, en el peor de los casos, puede esperar.
Muchos de estos sencillos vecinos jamás habían visto el ferrocarril y el castellano
que hablaban estaba impregnado de localismos y giros de la comarca, siendo esta
característica significada, simpática y curiosa para los forasteros.
¡Quién diría que este pueblo remoto santanderino, por aquellos tiempos, en
el cual parecía que aún no había llegado la civilización, iba a ser conocido a nivel
internacional! Era tan pequeño, que no tenía ni siquiera un mal horno de pan,
por lo que lo subían diariamente en caballerías (un humilde burro), enjaezadas
con sus desgastados cenachos, desde la próxima localidad de Cosío. Para llegar a
él desde la capital de Cantabria, en el trayecto más pintoresco, hay que dirigirse
hacía Torrelavega, de allí a Cabezón de la Sal y acceder al Valle de Cabuérniga. En
la localidad de Valle, dentro de un agreste paraje, nos desviamos hacia Puentenansa,
pasando por la Collada de Carmona, puerto de montaña, con el pueblo que le da
nombre a sus pies, de tremenda belleza ambos y de peligrosa espectacularidad además
el primero de los citados. Una vez llegados a Puentenansa, nos adentraremos
en el pequeño valle de Cosío, pueblo minúsculo, como todos los de la zona, pero
de cierta importancia por haber dado su nombre a linajes destacados. En esta localidad,
por fin, tomaremos el camino que lleva a Garabandal, nuestro destino, a
media decena de kilómetros.

Esta aldea se encuentra a 497 metros sobre el nivel del mar y tenía en 1962
no más de trescientos habitantes que vivían en sus ochenta casas, bajas y rústicas,
muy pegadas las unas a las otras, como es costumbre en esta tierra. Su toponimia
de Garabandal parece provenir del vocablo gáraba (aulaga), el nombre común de
varios arbustos espinosos, con flores amarillas, muy característicos en la región,
que crecían antaño con exuberancia en un paraje de altura, en las inmediaciones
del pueblo, junto a una ermita dedicada a San Sebastián. En el actual pueblo no
existen barrios o caseríos dispersos que destacar, sino que todo se encuentra en
un mismo núcleo. Entre los hogares, callejas muy estrechas y empinadas en muchas
ocasiones, llenas de piedras sueltas y, en época de lluvias, abundantes charcos y
barro. Había dos escuelas oficiales, una de niños y otra de niñas, con no más de
veinte chicucos en cada una de ellas. La aldea carecía de teléfono, la carretera de
acceso, descrita desde Cosío, estaba en pésimas condiciones, sobre todo cuando
llovía o nevaba, cosa bastante común por estos lares, y la luz que llegaba a través
de un rudimentario tendido eléctrico, era de muy baja potencia. Los viejos del
lugar decían que se veía a veces más con la luz de los candiles que con los de
aquellas modernas bombillas de entonces.

Y es que la tranquilidad que se respiraba en ese bello y recóndito paraje rural
quedó alterada para siempre a raíz de los supuestos acontecimientos de orden sobrenatural
que vivieron inesperadamente cuatro niñas de familias humildes.

Esa tarde, Mari Cruz González Barrido, nacida el 21 de junio de 1950, de 11
años; Conchita González González, nacida el 7 de febrero de 1949; Jacinta González
González, nacida el 27 de abril de 1949, y Mari Loli Mazón González, nacida el 1
de mayo de 1949, de 12 años de edad, todas naturales de San Sebastián de Garabandal,
planean robar manzanas del huerto del maestro (interesa saber que a pesar de la
repetición de los apellidos, ninguna es hermana o pariente de primer grado, solamente
guardan parentesco Jacinta y Conchita, que son primas segundas).
Conchita es la última de los hijos de Aniceta González, una vecina del pueblo
que enviudó tempranamente. El resto de sus hermanos, tres, eran varones, Serafín,
Aniceto y Miguel.

Mari Cruz González era hija de Escolástico y Pilar. En la época de las apariciones
era delgaducha y morena, y llevaba el pelo muy corto.
María Dolores Mazón, conocida como Loli, es la segunda hija de Ceferino y
Julia, los cuales habían concebido una familia numerosa. El padre, Ceferino, además
de llevar la alcaldía del pueblo, poseía una pequeña taberna que ayudaba a la economía
agrícola-ganadera de la casa.

Jacinta era la hija de María y de Simón, vecinos como todos los demás de Garabandal,
de carácter humilde, dedicados plenamente a las tareas del campo.
Veamos aquí cómo narra Conchita, en su propio diar io, los acontecimientos pr incipales
que comenzaron a mediados de junio del año 1961. Este diar io le fue recomend
ado escribi r a Conchita por el obispo de León en aquellos días. Se encontraba
hospedado en casa de don Emilio del Valle, que era de Reinosa, pero que tenía
empresas en L eón, de ahí su amistad. El señor Del Valle era un g ran asistente a las apariciones de Garabandal y conocedor, por ello, de las niñas y de sus f amiliares.

Existen, al parecer, tres diar ios: éste que vamos a refer ir, otro de carácter más
per sonal y privado que solamente posee Conchita y uno más que solamente obra
en poder de la Madre Nieves, una monja del coleg io religioso en donde estudió
poster ior mente la niña.

Obsérvese la forma infantil de expresarse en el diar io “oficial” que nos ocupa
y al cual, repito, nos vamos a refer ir pr incipalmente, junto con otros testimonios
de vecinos y visitantes presentes en los acontecimientos:
“Era domingo por la tarde y nos encontrábamos todas las niñas jugando en la
plaza. De repente, Mari Cruz y yo pensamos ir a coger manzanas allí [el huerto
del maestro], sin decir nada a nadie que íbamos a coger manzanas. Las demás niñas,
al ver que nos alejábamos las dos, nos preguntaron:
–¿A donde vais?
Nosotras les contestamos:
–¡Por ahí!

Y seguimos nuestro camino pensando cómo íbamos a apañárnoslas para cogerlas.
Una vez ahí, nos pusimos a coger manzanas y cuando estábamos más entusiasmadas
vimos llegar a Loli, a Jacinta y a otra cría que venían a buscarnos. Al
vernos coger manzanas exclamó Jacinta:
–¡Ay, Conchita, que coges manzanas!
–¡Calla –le contesté yo–, que te oye la señora del maestro y se lo dice a mi mamá!
Yo me escondí entre las patatas y Mar i Cruz echó a correr por las tier ras. Entonces

Loli exclamó:
–¡No corras, Mari Cruz, que te vimos y ya se lo diremos al dueño!
Entonces Mari Cruz vuelve a donde mí y salimos de nuestro escondrijo para
reunirnos todas. Estando hablando, llamaron a la cría que venía con Jacinta y Loli,
y se fue. Nos quedamos las cuatro solas y, pensándolo mejor, volvimos las cuatro
a coger manzanas.

Cuando estábamos más divertidas, oímos la voz del maestro, quien al ver que
se movían tanto las ramas, creía que eran las abejas y le dijo a su mujer, Concesa:
–¡Vete al huerto, que andan las abejas donde está el manzano!

Nosotras, al oírlo, nos entró mucha risa. Cuando ya llenamos los bolsillos, echamos
a correr para comerlas más tranquilamente en el camino, o sea, en La Calleja.
Estando entretenidas comiéndolas, escuchamos un fuerte ruido, como de un
trueno. Y nosotras exclamamos a la vez:
–¡Uy, parece que truena!

Esto sucedió a las ocho y media de la noche. Una vez terminadas las manzanas, digo yo:
1.
–¡Qué gorda, ahora que cogimos las manzanas que no son nuestras, el Demonio
estará contento, y el pobre Ángel de la Guarda estará triste!

Entonces empezamos a coger piedras y tirárselas con todas las fuerzas al lado
izquierdo
más satisfechas, empezamos a jugar a las canicas con piedras. De pronto vi un gran
resplandor y se me apareció una figura muy bella, con muchos “resplendores”
(sic) que no me lastimaban nada a los ojos. Las otras niñas, Jacinta, Loli y Mari
Cruz, al verme en este estado, creían que me daba un ataque, porque yo decía con
las manos juntas:
–¡¡Ay… ay… ay!!
2. Decíamos que ahí estaba el diablo. Una vez cansadas de tirar piedras y3
Cuando ellas ya iban a llamar a mi mamá, se quedaron en el mismo estado
que yo, y exclamamos a la vez:
–¡¡Ay… el Ángel…!!
Luego hubo un cierto silencio entre las cuatro, y de repente desapareció. Al
volver normales y muy asustadas, corrimos hacia la iglesia, pasando de camino por
la función del baile que había en el pueblo (según testimonios consultados no
existía ninguna fiesta ese día en el pueblo, por lo que Conchita puede equivocarse
con otra fecha al decir esto, por ejemplo con la del “Milagrucu”, que sí era fiesta
en el lugar).
Entonces, una niña del pueblo que se llama Pili González nos dijo:
–¡Qué blancas y asustadas estáis! ¿De dónde venís?
Nosotras, muy avergonzadas de reconocer la verdad, dijimos:
–… De coger manzanas…
–¿Y por eso venís así?
Nosotras le contestamos todas a una:
–¡Es que hemos visto al ángel…!
Ella dijo:
–¿De verdad?
Y seguimos nuestro camino en dirección a la iglesia y, pensándolo mejor, nos
fuimos detrás a llorar. Unas crías que estaban jugando, nos vieron llorar y entonces
nos preguntaron:
–¿Por qué lloráis?
–Es que hemos visto al ángel…
Ellas echaron a correr para decírselo a la maestra…”.
Como inciso breve a la hora de comentar las explicaciones de la niña, cabe
decir que en el justo momento en el cual se arrepienten de haber robado las manzanas
y deciden tirar piedras al Demonio, que ellas pensaban les había tentado y
estaba muy próximo por lo tanto, dichos pensamientos no son más que, al parecer,
una mera interpretación de una reciente sesión de catequesis, que les fue explicada
en días anteriores por su párroco, don Valentín Marichalar. Este comentario es útil
para más explicaciones que se darán a posteriori.

Podemos añadir al mismo tiempo, como nota curiosa, que también, poco antes
de la primera aparición, los niños de Fátima escucharon un fuerte sonido, como
de trueno, unido a un gran resplandor. Así, esto fue lo que sintieron los niños portugueses
en su primer contacto:
“… de repente, una ráfaga de viento, sorprendente, bajo un cielo todo azul, nos
hizo volvernos en dirección a la aldea… parecía venir sobre una viva luz un gran
resplandor… se deslizaba hacia nosotros un ser de una brillante blancura…”.
Para más analogías, curiosamente en la aparición de Lourdes, en Francia, a la
niña Bernadette se le apareció la supuesta imagen religiosa de igual manera:
“… Oí un rumor… vi que los árboles no se movían en absoluto… continué
descalzándome… oí el mismo rumor como un golpe de viento… entonces fue
cuando levanté la cabeza mirando a la gruta…”.

Hechos idénticos parecen preceder a este tipo de fenomenología en todas las
épocas. Incluso circunscribiéndonos en la misma Cantabria, como en la introducción
hemos podido comprobar. José Calderón Escalada recoge en su obra “Campoo”
la historia de la Virgen del Abra, otro ejemplo con estas similitudes:
“… a un pastor llamado Justo Bazo, se le apareció una talla de la Virgen,
perdida desde el siglo XVII, en buen estado de conservación, prácticamente un
siglo después, cuando el mencionado pastor vio UNA SERIE DE EXTRAÑOS
RESPLANDORES en la cumbre del monte Cuestalabra, el día de la
aparición. Dicha talla fue destruida durante la Guerra Civil… de acuerdo con
los regidores de los pueblos, y del pastor de merinas Justo Bazo, que halló la Virgen
en lo más alto de la Cuesta del Abra, se fundó la cofradía de esta Virgen en
la ermita de igual nombre. Al principio, esta construcción estuvo en lo más alto
de la montaña, más tarde en el prado denominado de Domingo, a media ladera
de dicha cuesta y actualmente en el sitio de Somacelada, en el termino de Villar,
entre Palencia y Campoo…”.

Relatos similares vienen a su vez recogidos en la Biblia. Veamos lo que dice el
capítulo II de Los Hechos:
“… llegado el día de Pentecostés, se encontraban todos juntos en un mismo
lugar, cuando, de repente, vino del cielo un ruido como de un viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban…”.

Pero continuemos con el suceso cántabro. Al instante, el “ser celestial” desapareció
y las niñas salieron huyendo hacia la aldea. Con gran nerviosismo y llorando,
cuentan a algunas amigas que jugaban en la calle lo sucedido y van a avisar
a la maestra del pueblo, doña Serafina Gómez, a la que esperaron dentro de la iglesia.
En Garabandal existían dos escuelas en el mismo edificio, cerca de la iglesia,
en los aledaños del pueblo, una dedicada a niños y otra a las niñas. La primera la
atendía el maestro don Manín, dueño del manzano protagonista del robo, y la segunda
doña Serafina.
“–¿Es cierto que habéis visto a un ángel?
–Sí, señora.
–¿No será imaginación vuestra?
–Estamos seguras. Lo hemos visto.
–¿Cómo era?
–Vestía con un traje azul, largo, sin costuras. Las alas rosas, muy grandes. Su
rostro pequeño, ni alargado ni redondo. Los ojos negros. Las manos muy finas. Las
uñas cortadas. Los pies invisibles. Parecía tener unos nueve años… aunque niño,
daba la impresión de fuerte”.

La maestra no duda del relato que hacen las pequeñas, que continúan temblorosas
e impresionadas, y reza con ellas hasta que finalmente se marchan a sus casas,
si bien no puede comprender la naturaleza del suceso en un primer término.

Conchita, aún sudorosa y excitada, camina por las estrechas callejas del pueblo,
como sonámbula, hacia su casa. Su madre sin duda estará enfadada, iba pensando.
Y aún más que se pondrá cuando le cuente aquella experiencia tan extraña que
había tenido con sus amigas. Un tanto remolona, intentando perder tiempo para
retrasar el conflictivo encuentro con su tutora, patea suavemente una piedrecilla
mientras camina pensativa, con el corazón aún encogido por el miedo. Incluso alguna
lágrima surgía de vez en cuando en sus ojos, sin atreverse a rodar por sus
mejillas, como si la cristalina gota poseyera el mismo miedo que la niña. Pero la
llegada al lar era inevitable y en verdad la noche cubría con su negro manto la
aldea. Al llegar, miró discretamente por la ventana de la cocina, dejándose ver bajo
la paupérrima luz de la humilde bombilla, la figura de su madre trasteando en el
fogón. La cara de su mamá presentaba el ceño fruncido, sin duda preocupada por
la ausencia de Conchita en el hogar. No sabía en donde se encontraba su hija, y
ya era relativamente tarde, incluso había anochecido. Miraba desde el fondo de la
cocina hacia la ventana, moviendo los labios, preguntándose para sus adentros
dónde estaría esa pequeña diablilla.

Conchita no quiso dilatar más la espera y penetró en la casa. Su madre, Aniceta,
sin apenas estar a su vista, la recriminó:
–¿Son estas horas de venir? ¿No te he dicho muchas veces que a casa hay que
venir de día?
Conchita, aún desconcertada por lo que acababa de vivir, con la mirada baja,
triste por la reprimenda de su madre, se queda desanimada. Apoyada en la pared
de la cocina pintada de verde, responde vagamente:
–Madre…, es que hoy hemos visto al ángel…
La madre, lejos de apaciguarse, se irrita aún más, pensando que su hija, aunque
no era común en ella, estaba improvisando una excusa para justificar su tardanza.

Como Conchita había imaginado, las explicaciones no sirvieron para nada; es más,
sintió cómo sacaba a madre de sus casillas:
–¡Además de llegar tarde me vienes con tonterías!
–No madre…, es cierto…, hemos visto al ángel…
Pero Aniceta observa un extraño destello de sinceridad que brota del inocente
rostro de su hija. Las lágrimas parecen francas y la actitud de la niña dista mucho
de la de otras ocasiones en las que cometía cualquier travesura sin importancia.
Aquí había algo más. Algo que hizo detener su enfado, su exasperación contenida
en el acto. Su hija presenta una extraña mezcolanza entre el miedo, la serenidad y
la firmeza, que hacen que al final Aniceta se extrañe, no sabiendo qué pensar.
–¡Vete a la cama, anda…, mañana ya hablaremos…!

Después de esta primera aparición y de que Conchita se lo contara a su madre,
la niña cenó en silencio y se retiró a su lecho. Su mamá, Aniceta, quedó asombrada
por el relato que le acababa de narrar su hija. Por momentos sentía que la incredulidad
se hacía dueña de sus conclusiones y a la vez, en ocasiones, creía que algo
muy oscuro había ocurrido en aquel atardecer en el pueblo. Sin duda, como comprobarían
miles de testigos, de personas anónimas venidas de todas las partes del
mundo que ni siquiera en aquel justo momento sabían de la existencia de la pequeña
aldea de Garabandal, todas sus premoniciones se quedarían cortas…
Póngase lo acontecido en casa de Conchita como ejemplo de la furia paterna
en los demás hogares de las niñas protagonistas. No menos críticas eran las madres
de las demás. Así, la madre de Mari Cruz, Pilar, relató en su momento cómo reaccionó
ante la curiosa historia que contaba su hija:
que el mismo día, el domingo, ya al anochecer, me fui al lavadero con una vaca
que teníamos en casa… me encontré allí con Angelita, la de Fael y no sé quién
más… y me dijeron…
–¿Pero, qué pasa con Mari Cruz?
–¿Qué pasa… qué pasa… qué es lo que ha hecho? –repliqué yo.
–Pero… ¿tú no sabes nada entonces? Pues que dice que ha visto un ángel…
–¿Un ángel…? ¡Uy, qué cosa! Ya me habíais dado un susto… creí que
había hecho alguna cosa mala.
Después de esto yo iba pensando por el camino: «¿Será posible que esta criatura
vaya por ahí haciendo el ridículo con los ángeles y las cosas de la Iglesia?»
Nosotros nunca la pegábamos por decir eso [lo de la aparición]… resulta
En esto que encuentro a Mari Cruz allí mismo, donde casa de Sinda. Yo bajaba
enfadada y la digo…
–Oye, Mari, ¿qué andas diciendo por ahí?
–Nada.
–¿Cómo que nada? Me han dicho en el lavadero que si habías visto a un
ángel… Mira, te voy a coger y te voy a dar unas «patás» (sic)… que ya tienes
años pa decir estas cosas…
En esto, que estaba allí también Jacinta y me contesta:
–Pues sí, le vimos…
–Alabado sea Dios… ¿Tú también eres del lío ese? ¡Qué vergüenza, María
Santísima…, unas crionas a la edad que tenéis…!
Y ese día fue el único que reñí mucho a Mari Cruz, pero no volví a reñirla
más…”.

Jacinta, a su vez, cuenta cómo fue la reacción de los suyos ante la revelación
de aquel primer encuentro:
madre y mi hermano lo tomaron a broma, no lo podían creer y trataron de convencerme
de que lo mejor que podía hacer era olvidarlo… Como yo decía que el
Ángel tenía alas, mi hermano salió con que seguramente lo que habíamos visto
era alguno de los pájaros tan grandes que él había visto por los parajes de Peña
Sagra, y que, al no estar nosotras acostumbradas, nos habíamos asustado y el
susto nos había hecho ver cosas raras. Mi padre intervino diciendo que no quería
que tomaran a broma una cosa como aquélla, que era muy seria, que él no sabía
lo que había ocurrido, pero que me conocía bien a mí y que si yo decía que había
visto a un ángel, es que algo raro había pasado. Aquella noche no hablamos más
en casa del asunto y yo sola no podía de dejar de pensar en lo que nos había
ocurrido en La Calleja…”.
Al volver a casa no pude ocultar que habíamos visto a un ángel… Mi

A la mañana siguiente, Conchita se encontró en la cocina de su casa con el
vecino y albañil Pepe Díez, uno de los mejores testigos de lo acontecido en Garabandal
y del que más tarde nos referiremos de manera más pausada, el cual estaba
haciendo en la casa una pequeña obra. La niña, con un tazón de leche humeante
entre las manos, miraba un tanto recelosa al hombre, mientras se quitaba las legañas
de los ojos con su dedo índice. En el fondo se preguntaba si el albañil se había enterado
ya de la rocambolesca historia. De alguna manera, se avergonzaba de lo vivido
la tarde anterior, pensando en el ridículo que habían hecho de cara a sus
vecinos. Pero por otro lado se sentía segura de que lo que habían vivido era real
y puro. Muy diferente a los sueños de la noche.

Y era cierto. Pepe ya se había enterado por los rumores que recorrían el
pueblo, de lo que las niñas contaban que les había sucedido el día anterior.
Como hombre en verdad curioso, quería que Conchita se lo describiera detenidamente.
Pensó que la mejor estratagema era no darse por enterado de la presencia
de la niña en la habitación, y continuó con la labor, empuñando el
cortafríos y el martillo, mientras levantaba un trozo de azulejo, haciéndolo trizas
al momento con el mecánico y experto golpeteo que le proporcionaba. Con el
viejo gorro de gruesa tela calado hasta las cejas, miraba desde dentro del tocado,
disimuladamente, las evoluciones de la niña sobre la mesa de la cocina mientras
desayunaba. De repente, cesó en la faena y, como el que no quiere la cosa, sin
desviar la mirada de su trabajo, simulando limpiar la zona de polvo con sus
manos, la espetó:
–Estuvo bueno lo de ayer tarde, ¿no?

La niña, mirándole de reojo, con el tazón a medio camino entre la mesa y sus
labios, no le respondió.
–Eso que dicen por ahí, de unas crías que por lo visto las dieron un buen susto
unos aguiluchos en la portilla de la huerta del maestro… ¿No te has enterado del caso?
Continuaba el obrero, no sin cierta picardía, intentando sonsacar una palabra
a la chicuca.
–¡Anda, Conchita, que te has levantado bien!, ¡si te ha comido la lengua el
gato! ¿Te has enterado de lo que te digo o no?
La cría continuaba contemplando a Pepe con disimulo, pero ya comenzaba a
dar síntomas de entrar en conversación, mordiéndose la lengua y disimulando su
interés soplando ávidamente la taza de leche, como intentando no escuchar más
los comentarios.
–No, si al final estarías tú también metida en el ajo…
Conchita no se pudo contener más y cortó al albañil en sus chismes y murmuraciones:
–¡No fue ningún pajarón! Pues sí, yo estuve allí y le prometo que no fue ningún
pajarón. Fue una cosa muy bonita. Pero estamos muy tristes porque seguramente
nadie nos va a creer.

Ahora sí, viendo que por fin despertó el interés de la niña, Pepe se levantó la
gorra con sus sucios dedos de polvillo, y, recostado en el suelo, cesó en la labor,
dirigiendo su mirada y su completa atención hacia Conchita.
–¡Anda, qué sorpresa, habló la muda! Así que voy a enterarme yo de primera
mano de lo que os pasó. ¿Sabes lo que te digo? Que yo no tengo por qué no creeros.
Me parecéis unas crionas muy formales, sobre todo tú, Conchita, que eres
muy avispada y no creo que pierdas el tiempo con chifladuras. Si quieres, a mí me
lo puedes contar…

La niña, un tanto reacia aún, comenzó a explicar a Pepe, aunque en ocasiones
a sacacorchos, aquello que tanto interesaba al vecindario y que tuvo como testigos
y protagonistas a las cuatro niñas. El hombre, sentado en el suelo de la cocina golpeándose
con el martillo la pierna suavemente de manera juguetona, escuchaba
con gran interés lo que la niña refería.
De hecho, Pepe se mostraría durante el transcurso de aquellos sucesos en Garabandal
muy apegado a las niñas, acompañando a estas durante prácticamente la
totalidad de sus éxtasis y siendo, por esto y otras razones más que analizaremos,
un testigo de excepción.

Y es que, en ese día que había amanecido, no se hablaba de otro asunto en
la aldea.
“–¡Seria un pajarrón que se posó allá y las crías se asustaron al verle… ja, ja!”
Comentaban los paisanos en las tabernas de los pueblos cercanos.
–¿A qué va a venir un ángel a San Sebastián de Garabandal?
–¡Seguramente tuvieron una alucinación… pero algo vieron, porque las crías
bajaban muy asustadas y temblorosas y estuvieron llorando mucho tiempo…!
–Dicen que vieron a un tiuco y que llevaba unas alas muy grandes…
–¡Lo que yo digo… sería un pajarrón…!
–¡O algún otro crío pequeño… como estaba anocheciendo…!

Unos reían y bromeaban, no dando crédito a la historia, mientras otros preferían
mantenerse en la duda, esperando que las niñas, ya más tranquilas, confesaran
la verdad. Eso es precisamente lo que buscaba don Valentín Marichalar, párroco
de Cosío y de Garabandal. Para ello, aguarda a que las jóvenes salgan de la escuela
para interrogarlas. Se cita con las cuatro en el portal de la iglesia. Las niñas, un
tanto azoradas por esta distinción frente a sus compañeras, aguardan las instrucciones
del cura. Una a una, las hace pasar a la sacristía y, por separado, le van describiendo
al cura la extraña aparición.

Don Valentín, en el interior del pequeño cuartuco, frente a la puerta de escasa
dimensiones que da entrada al mismo, escucha con los dedos entrelazados a la altura
del vientre, las extraordinarias declaraciones de las niñas. Los últimos rayos de
luz se adentran por el diminuto ventano de la sacristía, creando humildes destellos
sobre un crucifijo, un tanto oxidado, que de la pared pende, como fiel testigo de
aquellas sorprendente confesiones de las cuatro inocentes. Después de haber escuchado
a la última de las niñas, el párroco no sabe qué pensar. Sus testimonios
han coincidido plenamente. No cree que haya sido una broma de las niñas, una
puesta en común de una mofa sin sentido. Vuelve la cara hacia el crucifijo, ahora
casi ya en penumbra, y haciéndose la señal de la Cruz se arrodilla frente a él humildemente,
suplicando que le dé fuerzas para comprender todo aquel misterio.
Unos minutos más tarde, desfila por el oscuro interior del templo, dirigiéndose
hacia el portal, en donde había pedido a las niñas que le aguardaran. Una vez allí,
tras unos segundos de silencio mirándolas fijamente, les dice:
–Esperemos dos o tres días –comentó– para ver si vuelve esa figura tan bella
y qué es lo que os dice… después iré a Santander para hablar con el señor obispo.

Si esta tarde le volvéis a ver, preguntadle quién es y a qué viene…
Después de asistir a la escuela, todo el mundo quería sondearlas. A continuación
de comer, por la tarde, Conchita fue a comprar leche a una vecina, como era
costumbre. Esta vendedora, muy curiosa por los rumores, la preguntó, como era
de esperar, de manera un tanto “pícara”:
–Como a ti te conozco bien, sé que no dices mentiras y que vistes al ángel,
pero las otras no…
–Pues se equivoca, le hemos visto las cuatro juntas, le hemos visto perfectamente…

Después de esta conversación, volvió a su casa con la leche y le pidió permiso
a su madre para ir a rezar con sus tres amigas de aparición al lugar en el cual se
había producido el incidente. Su hermano, Aniceto González, respondió iracundo
a la solicitud de su hermana:
–¡Ni se le ocurra, madre…! ¿No te parece poco lo que la gente se está riendo
de nosotros, so mocosa?

En esta discusión se encontraban cuando llegaron sus tres amigas. La madre, aún
un tanto desorientada sobre lo que estaba sucediendo, decide no escuchar los con-
sejos de su hijo y permite que Conchita vaya a rezar con las demás niñas. Como
buena madre, Aniceta, intentando poner paz, pide a su hijo que se calme, y con una
ligera sonrisa, haciéndole partícipe de aquellos momentos tan especiales, le dice:
–No te preocupes por lo que diga la gente. Total, sólo van a rezar y eso no es
una cosa mala…

Y dirigiéndose a Conchita, la indicó:
–Anda, ve y no tardes en regresar…

Las cuatro chicas, llenas de gozo, suben prestas a La Calleja, esperando la venida
de “aquello” que tanto había de trastornar sus humildes vidas.
Las cuatro niñas vuelven, pues, al lugar donde tuvieron el primer encuentro
con el “ángel”, al origen, se podría denominar, de todo aquel misterio. Un punto
que ya empezó a ser conocido como “La Calleja”, un camino de cabras que asciende
desde las espaldas del pueblo, hacía una pequeña loma a no más de cien
metros, en donde se encuentra una pequeña planicie, con unos pinos plantados
formando un irregular circulo. Todo ello, como buen paisaje montañés, teñido de
verde y piedra. Al llegar a dicho camino, en el lugar exacto en el que se apareció
el enigmático ser, las niñas se arrodillan y comienzan a rezar. Las gentes del pueblo
que las ven así, las preguntan que era lo que estaban haciendo:
–Estamos rezando.
–¿Rezando…? ¡Para rezar está la iglesia! ¿Por qué no vais a la iglesia? Ése es el
lugar para rezar y no aquí…
–Es que ayer se nos apareció un ángel y le vamos a rezar aquí para ver si
vuelve…

Sus paisanos ya conocían la extraña vivencia de las niñas y muchos de ellos sentían
este acontecimiento como algo impío, nota burlesca hacia la Iglesia y todo lo que
esto representaba en sus vidas, que por aquellos años era mucho. Esto hizo que los
vecinos del pueblo comentaran la ocurrencia de las niñas de manera jocosa, extendiéndose
la noticia rápidamente por el lugar. Pero esta vez no hubo “visión”, aunque
sí tuvieron que soportar las pedradas de otros niños, entrometidos y curiosos, al verlas
de esa manera en ese lugar, que se burlaban de ellas mientras rezaban arrodilladas. El
cielo estaba nublado y hacía un fuerte viento.

Las chiquillas, dado el revuelo que estaban provocando por su llamativa acción,
sobre todo entre los más pequeños, que continuaban burlándose de ellas, deciden
trasladar sus oraciones y dirigirse a la iglesia. Iban de la mano, verdaderamente
tristes, con el paso acelerado para evitar el acoso de aquellos crueles compañeros.
Por un lado deseaban que todo acabara ya, sin que prácticamente se hubiera iniciado,
pero… ¡era tan bello lo que habían presenciado! ¡Se sentían tan felices de
haber sido elegidas para ver aquello! Por todo esto se sentían expectantes, querían
más y no se amedrentaban con aquellos contratiempos ni con los comentarios
despectivos de sus convecinos. De camino al templo, adonde se dirigían para rezar,
se encuentran con su maestra, doña Serafina Gómez, la cual las interroga de nuevo:
–Así que el Ángel no ha aparecido hoy…
–No, señora.
–No os preocupéis, seguramente no ha venido porque el cielo está nublado. Seguro
que mañana volverá. Ahora iros a rezar a la iglesia y pronto para casa a descansar.
Serían las seis y media de la tarde cuando las niñas entran en la iglesia. Tras
orar de manera devota regresan a sus respectivas casas, cenan y se retiran a dormir,
mucho más tranquilas y relajadas que la víspera.

Ya de noche y estando acostada, Conchita oye una voz:
–“¡No os preocupéis, que me volveréis a ver!”.

Al parecer, esta comunicación también fue escuchada al mismo tiempo y de
forma individual, por las demás niñas. Esto se convirtió en la primera locución de
las numerosas que se produjeron durante los extraños sucesos que iban a acaecer
en el pequeño pueblo de montaña cántabro.
Esta promesa, realizada de manera misteriosa aparentemente, se cumplió. Muchos
investigadores de talante crítico, tienen estas jornadas de margen, entre la primera
y la segunda aparición (19 y 20 de junio) como las fechas clave en donde se
urdió todo lo que posteriormente fue descrito en Garabandal. No los hechos en
sí, sino la forma de interpretarlos. Esto es: una versión radicalmente religiosa.
A pesar de que normalmente se contempla que durante estos dos días (entre la
primera y segunda aparición, como decimos) no sucedió nada, hay un curioso suceso
acaecido, por muy pocos cronistas reflejado, concretamente el día 20 de junio.

Como el día anterior, la madre de Conchita, Aniceta, discutía con su hija, ya
que ésta le volvía a solicitar permiso para ir a rezar a la dichosa Calleja. La madre
se había levantado aquel día con mal pie. Sin duda, le habían sentado mal los comentarios
de las vecinas, atacando con mofa a su hija y a las demás niñas. Incluso
la dejaban entrever que todo era fruto de una mala educación. Esto hizo tener no
pocas trifulcas con alguna mujeruca, dado el fuerte carácter de Aniceta y los nervios
a flor de piel que presentaba por aquellos días y en aquella situación tan incómoda.
Si ayer se sentía un tanto segura, hoy retomaba las dudas, no sabiendo
qué pensar. En estas disquisiciones se encontraba la buena mujer cuando, de igual
manera que la víspera, llegaron las tres amigas de su hija, en mitad de la discusión.
Aniceta, un tanto malhumorada, las dijo:
–¡Id vosotras! Hoy Conchita no va.

Las niñas, tristes por la contestación, se quedan rezagadas al lado le la casa de
Conchita, la cual se encuentra dentro con gran disgusto. Viendo tal panorama y
entristeciéndose por la fidelidad y el buen corazón que muestran las niñas, Aniceta,
a pesar de habitar en un laberinto de dudas, decide llamar a las niñas y decirlas:
–Bueno, voy a dejar ir a Conchita. Pero ir vosotras primero y no digáis nada
a nadie, para que la gente no se ría, no seáis tontas. ¿No veis que se ríen de vosotras?
Id para allá, que Conchita ya os alcanzará.

Así ocurrió, y a los pocos metros, Conchita alcanzó a sus compañeras llenas
ahora las cuatro de gozo. Muy contentas, se reunieron a rezar en La Calleja. Pero
como el día anterior, el ser no apareció. Cansadas ya de esperar, deciden bajar al
pueblo. De repente, cuando regresaban camino abajo, hacia la aldea, surgió una
luz muy intensa, en mitad del sendero, que les impedía el paso. Las niñas se asustaron
mucho. Atemorizadas, la luminosidad las deslumbraba, por lo que comenzaron
a gritar y a chillar, y la luminiscencia se apagó de pronto. Presas de los
nervios, corrieron hacia el pueblo, hacia la iglesia. Este nuevo acontecimiento fue
relatado a sus respectivos padres, los cuales, a su vez, refirieron el hecho al párroco
del pueblo, don Valentín. El buen párroco comenzaba a verse sobrepasado tanto
por las declaraciones de las niñas como por las constantes solicitudes de sus parroquianos,
pidiéndole que les explicara que era aquello tan extraño que estaba
sucediendo en su pequeña aldea. Noche tras noche, el cura pedía antes de acostarse,
la ayuda divina para ver la claridad en aquel entuerto, llegando incluso a flo-
recer lágrimas en sus ojos durante las plegarias, por su impotencia y desesperación
sobre lo que allí estaba sucediendo.

¿Qué sería la extraña luz que las niñas divisaron en mitad del camino? ¿Tendría
relación con la aparición supuestamente religiosa que estaba a punto de desarrollarse
o con los fenómenos aéreos no identificados que al mismo tiempo se iban
a producir? ¿O es que ambas cosas eran de la misma naturaleza? ¿Por qué en la
mayoría de trabajos acerca de Garabandal los autores omiten este suceso?.

Es curioso añadir que luces de análogas características han sido reportadas por
muchos testigos por aquellos lares, durante aquella época, como más tarde veremos,
y en tiempos más recientes, a pesar de los que entienden que la fenomenología
“Garabandal” ha concluido hace bastantes décadas.
Al día siguiente se haría realidad la promesa escuchada en locución y las niñas
volverían a ver a tan extraño ser…

De esta manera, el día 21, y acompañadas de algunos allegados, las niñas se
dirigen impacientes al lugar de las oraciones, a La Calleja. Esta vez no hubo discusión
con la madre de Conchita, la más reticente a la hora de admitir las extrañas
manías que habían brotado en su hija, y la permite marchar con sus
compañeras. En un principio, son dos mujeres del pueblo, Clementina González
y Concesa, las que acompañan a las niñas hasta el predeterminado lugar. Pero al
ver la comitiva, muchos otros vecinos se unen, para acompañarlas en sus oraciones.
La expectación era enorme, a pesar de que el reducido número de personas
que allí se encontraban jamás se hubieran imaginado la gran cantidad de almas
que aquellos hechos reunirían en un futuro muy próximo en torno a La Calleja.
Tras el rezo, y ante los atónitos testigos, las cuatro caen en éxtasis, pudiéndose
considerar éste como el primero de los que se iban a producir con presencia de
espectadores, ya que la primera y anterior vez que sufrieron este arrobamiento,
las niñas se encontraban solas.

Sus cuerpos quedan inmovilizados. Sus rostros, acerados y brillantes, mantienen
una expresión dulce y sus ojos miran en la misma dirección, hacia un determinado
punto del cielo. A pesar de estar en una posición incómoda, con la cabeza completamente
hacia atrás, no muestran ningún signo de molestia. Sonríen, felices de
volver a tener ante sí la “presencia celestial”. También formulan a la aparición una
pregunta encargada por el cura don Valentín:
–¿Quién eres… para qué vienes?
Pero no se escucha respuesta alguna.

Al salir del éxtasis, los presentes las abrazan emocionados y regresan a sus hogares
persuadidos de que las niñas han sido “elegidas” por el cielo para una misión
trascendente.

El sacerdote, párroco, como antes decíamos, de la localidad próxima de Cosío
y a la vez de Garabandal, don Valentín Marichalar, animado por los vecinos, decide
presentarse en el lugar a partir de entonces para observar por sí mismo los éxtasis
e informar más tarde al obispo. Se queda sorprendido ante los prodigios que presencia:
las niñas son pinchadas y quemadas ligeramente durante sus “arrobamientos
místicos”, mostrándose insensibles al dolor, caen de bruces al suelo sin hacerse el
menor daño, no parpadean ni cierran los ojos a pesar de los potentes focos de las
cámaras que las filman… “Sin duda, estas niñas ven algo que no es de este mundo.
Bien pudiera ser cosa de Dios”, aseguraría finalmente don Valentín.
Su opinión es determinante y muy importante a tener en cuenta, ya que iba
a cursar los acontecimientos por el terreno religioso, lo que hace que en pocos
días acudan al lugar de la cita numerosos forasteros, provenientes de otras localidades
próximas a Garabandal, así como sacerdotes, médicos y periodistas. Hay
quien opina que este sacerdote tuvo un papel preponderante en las apariciones,
ya que se encargaba de “traducir” a las niñas y de “aconsejar” a éstas sobre lo que
ellas mismas estaban viendo. Por tanto, se puede considerar como el característico
personaje que emerge en una aparición de este tipo y que es el encargado de deformar
el relato original, aunque puede concebirlo sin malicia, adaptándole a sus
conveniencias o a las posibilidades de sus conocimientos. Posteriormente, otros
sacerdotes y religiosos que fueron llegando a la aldea y conociendo a las niñas
completarían este empeño.

Durante los siguientes días, la actividad en el pueblo iba a ser frenética. El día
23, viernes, la presencia de forasteros en Garabandal era mayor, atraídos por los
rumores que estaban recorriendo toda la comarca. Las niñas acudieron por la tarde
a La Calleja, como iba siendo habitual, y la aparición se presentó a las 21:15 horas,
ya anocheciendo. Después del éxtasis, la Guardia Civil las escoltó hasta la iglesia,
en la cual, concretamente en la sacristía, iban a ser interrogadas de forma concienzuda
por el cura don Valentín.

Al día siguiente, sábado, la expectación era ya enorme, y las gentes venidas desde
los lugares más insospechados, comienzan a situarse en los aledaños de La Calleja,
desde horas tempranas, procurando hacerse de un buen sitio para observar el arrobamiento
de las niñas. En el mencionado camino, los mozos habían construido una
especie de cercado, para proteger la integridad de las niñas, dado, como decimos, la
gran afluencia de visitantes. Ese cercado lugar recibiría el nombre de “El Cuadro”.
Cuando las niñas llegaron al punto habitual, entraron en éxtasis inmediatamente.

Conchita dijo que vieron al Ángel con una suerte de letrero a sus pies, con unas
letras o números que ellas desconocían, pero que consultando con el cura don Valentín
(otra vez la “traducción” de lo que las niñas veían), llegaron a la conclusión de que
se trataban de caracteres romanos. Las niñas preguntaron a la aparición sobre tan extraño
letrero, pero el enigmático ser se limitó a sonreír, sin responder a la cuestión.
Después de esta experiencia, don Valentín las volvió a entrevistar en la sacristía de la
iglesia, de forma individual, una a una, contrastando sus versiones.
En octubre de 1975 le preguntaron a Jacinta:
le pudisteis leer con toda claridad?
–Yo casi no me acuerdo… Lo que sí recuerdo es que nos llamaba mucho la
atención esa serie de letras en mayúsculas cuyo sentido no entendíamos… Luego
nos dijeron que se trataban de números romanos.
–Por lo visto vosotras no sabíais lo que decía el letrero… ¿Os dio el Ángel
alguna explicación?
–No, fue la Virgen la que nos lo explicó después…”
–El letrero que llevaba el Ángel a sus pies… ¿Os resultó difícil de leer o

Llegó el domingo 25 de junio de 1961. La multitud que se presentaba en el
pequeño pueblo montañés era ya impensable para las rudimentarias infraestructuras
de la aldea, con los consiguientes embotellamientos de autos y el problema
del alojamiento de los visitantes. De nuevo, las niñas entraron en éxtasis.
Según la versión de algunos de los presentes, una de las personalidades que
estaban contemplando tal arrobamiento, José Luis Gullón, del que más tarde hablaremos,
que además era médico titular de la comarca, decidió acercarse hasta las
pequeñas, saltando al cercado en forma del ya famoso cuadro en el que se encontraban,
para comprobar por sus propios medios si todo aquello era cierto. De esta
manera, cogió a Conchita en brazos, pero inmediatamente se le escapó, dado el
enorme y misterioso peso que, al parecer, según diversos testimonios, en ese estado
mostraban las niñas. Al soltarla, la chiquilla se cayó bruscamente de rodillas sobre el
suelo, golpeándose contra los guijarros puntiagudos del camino. El sonido fue escalofriante,
pero la niña no mostró dolor alguno. El hermano de Conchita, Ceferino,
que allí cerca se encontraba, al ver tal acción del doctor, intentó agarrar al
médico para que soltara a su hermana. Pero como más tarde relataría, una fuerza
desconocida que no pudo explicar, le impidió moverse.

Durante estos éxtasis (o trances, depende de la interpretación o de la naturaleza
que se le otorgue a estos fenómenos) que se producían en los primeros días, las
personas asistentes en ocasiones las pinchaban, pellizcaban, incluso quemaban ligeramente
con cigarrillos, sin mostrar las niñas reacción o dolor alguno. Solamente
quedaban las marcas, como testigos de aquellas pruebas.

Al día siguiente, lunes 26, la aparición no se presentó. El martes y el miércoles,
la visión y los acontecimientos que rodeaban a ésta se desarrollaron de la forma
habitual como se venían produciendo, sin incidente digno de destacar, dentro, por
supuesto, de la naturaleza extraordinaria de los mismos. El jueves y viernes, 29 y
30 respectivamente, no hubo experiencia alguna. Estas apariciones de carácter intermitente
que se estaban produciendo durante estos últimos días del mes desilusionaron
a muchos de los presentes, comenzando a criticar fuertemente el caso,
pronosticando incluso su final cercano.

A pesar de todo esto, las cuatro niñas acudían como ya era costumbre, con lluvia
o mal tiempo, hasta La Calleja, como si de artistas de cine se trataran. Los cada
vez más visitantes del pueblo rodeaban a las mozas y las seguían, pendientes en
todo momento del más mínimo detalle o señal de las mismas. A veces, como crías
inocentes que eran, se miraban con complicidad, cogiéndose de las manos para
intentar que el tumulto no las separara, sin que estas pequeñas travesuras sirvieran
de menoscabo a los momentos transcendentales que estaban protagonizando.
De esta manera, el sábado, primero de julio, Conchita acudía a rezar el Rosario
a La Calleja, acompañada de sus tres amigas, de la mano, conversando animadamente
sobre asuntos baladíes, si bien se dieron cuenta de la menor afluencia de
curiosos y foráneos:
–¿Os habéis dado cuenta de que hoy hay menos forasteros? La gente tiene
poca fe en nosotras y en lo que nos pasa…
–A mí me da igual –contestó Jacinta–, yo soy feliz con las sensaciones que
siento al ver al ángel. Además, al que no le interese que no venga, el Ángel vendrá
con gente y sin gente, estoy convencida.

Apenas hubo terminado esta frase, volvía la aparición del ser denominado
como ángel, produciéndose el éxtasis en las niñas a las siete y media de la tarde.
Este trance duraría unas dos horas. El Ángel les comunicó a las chiquillas que era
concretamente el arcángel San Miguel y que a la jornada siguiente, el domingo
día 2, vendría acompañando a la Virgen. Esta anunciación provocaría un nuevo
impulso a las apariciones de Garabandal, creándose gran expectación, mucho
mayor de lo que jamás se había presenciado en la pequeña aldea montañesa.
Todos los presentes, al menos, estaban dando fe de la veracidad de los impresionantes
trances. Al parecer, una bella figura, luminosa, que se identificó como
un ángel, se había aparecido a las niñas. Y el 1 de julio, por fin, se identifica como
el arcángel San Miguel, anunciándoles que, al día siguiente, regresaría acompañando
a la Virgen María.

Tras esta esperanzadora anunciación, se creó una expectación inimaginable.
Amaneció el dicho domingo de muy buen ver, con un cielo azul que parecía
acompañar los planes de las personas que iban acercándose al pueblo desde primera
hora. Don Valentín, el cura, también había madrugado, y se encontraba rezando
apoyado de rodillas, en uno de los bancos de la última fila de su parroquia. Más
que rezar, imploraba al Altísimo que le diera luz y fuerzas para poder enfrentarse
a todo aquello que se le venía encima. Al poco de estar en tan profundas medita-
ciones comenzó a escuchar ruidos de automóviles, murmullos y algarabías poco
acostumbrados por aquellos lares, pero que, últimamente, iban conquistando terreno
a la paz y la tranquilidad bucólica de la pequeña aldea.

Aquella mañana el alboroto era mayor que en otros días anteriores. Don Valentín
acertó a abrir ligeramente el portón de la iglesia y comprobó cómo ya muchos
fervorosos de aquellos fenómenos se iban diseminando entre las callejas del
pueblucho, mirando con interés hasta la más mínima piedra, fachada o recoveco. En este
momento, el cura sintió sensaciones contradictorias: por un lado, se sentía orgulloso de que
cientos de personas acudieran a su humilde parroquia, impregnados de una fe descomunal, en
busca de la Verdad con mayúsculas. Pero por otro lado, quién le decía a él si toda esa muchedumbre
no venía simplemente por el asqueroso morbo, inquietudes bajas que
perseguían el escarnio de sus cuatro queridas niñas, y, con ellas, el resto del pueblo, para intentar
buscar el engaño que flotaba en comentarios de algunos y que, cómo no, era la duda
que muchos traían en sus mentes.

Sorprendido por aquel trajín de personas y vehículos, decidió salir discretamente cerrando
la puerta del templo a sus espaldas y emprendiendo la subida por la escalinata de piedra
hasta la torre del campanario, y así divisar mejor aquella situación. Arremangándose la sotana
para subir rápidamente llegó al campanario y pudo divisar cómo una hilera de forasteros entraba a la aldea. Sus ojos no podían dar crédito a aquello. A pesar de estar sobre aviso de lo que se esperaba
para aquella fecha, la realidad era impactante. Tras unos minutos absorto agarrado
a la soga que subía hasta el cigüeñal de la campana, mientras miraba por el ajimez
del campanario, decidió de nuevo bajar a pie de calle, al encuentro de la muchedumbre.
Descendía por la escalera hablando solo, presa del nerviosismo:
–¡Hay que ver, Dios mío…, no son ni las nueve de la mañana y esto está repleto
de gente! ¡Dame fuerzas, Dios Todopoderoso…, dame fuerzas!

Una vez en el portal de la iglesia, caminó por el corto sendero que le separaba
de la calleja y comenzó a devolver los saludos a los transeúntes. Pronto, estos cortos
diálogos tornáronse en interrogatorios un tanto incómodos para el sacerdote:
–¡Padre, por favor, díganos qué piensa usted de todo esto! ¿Son buenas las niñas
o piensa que es una broma suya? … Usted las conocerá bien, ¿verdad? Por favor,
padre, díganos su opinión sincera…
–Hijos míos, sobre todo hay que rezar mucho para que el Señor nos ilumine
tanto a nosotros como a ellas en estos momentos tan especiales. Tened fe, pero no
sólo por lo que ocurre aquí en Garabandal, sino por la salvación del mundo. Y
sobre todo, por favor, no agobien a las niñas… dense cuenta que sólo son eso:
niñas de carne y hueso, almas inocentes bendecidas por Dios…
–Queremos tener una prueba de que todo esto que dicen es verdad, padre…
–¡Tened fe, por Dios…, tened fe…!

Don Valentín comenzó a andar calle abajo, hasta la plaza de entrada al pueblo,
intentando perderse entre la multitud y observando cómo muchos de los visitantes
eran también sacerdotes y religiosos como él. Como había pensado, un nudo en
el estómago le hizo abandonar el recibimiento de aquella masa humana, refugiándose
en la casa de Mari Cruz, que en la entrada del pueblo se encontraba, a la espera
de oficiar la pertinente misa matutina. La madre de la niña le abrió la puerta,
mientras el cura se frotaba la frente con un pañuelo:
–¡Que Dios nos dé fuerzas, Pilar, que ésta va a ser muy gorda…!

Ese día, domingo como decimos, se celebró la misa por la mañana y, a las 3 de
la tarde, el habitual Rosario. La multitud era enorme, y tras este acto piadoso, las
niñas bajaron hacía Cosío al encuentro de un hermano de Conchita, que venía de
viaje. Pero tal era el cúmulo de forasteros que encontraron por el camino y que les
solicitaban constantemente su bendición y sus respuestas a toda suerte de cuestiones,
que decidieron volverse al pueblo. Al llegar de nuevo a la aldea, la situación no era
mejor, y las calles se encontraban abarrotadas de un público expectante.
Sobre las 6 de la tarde, las niñas deciden dirigirse a La Calleja, al lugar descrito como
El Cuadro, en el que entran en éxtasis, teniendo como visión a la supuesta Virgen:
las manos estiradas, con un escapulario marrón, salvo cuando lleva al niño en
Viene con un vestido blanco, el manto azul, la corona de estrellas doradas,
brazos; el pelo largo, castaño oscuro, con raya en medio; la cara alargada, con
nariz muy fina; la boca muy bonita, con labios un poco gruesos; aparenta unos
17 años y es más bien alta”.

Cuando citan el objeto que la Virgen llevaba en el brazo –dicho por ellas, un
escapulario– no hacen más que relacionarlo con algo conocido. Decían que en
una de las caras del colgante estaba dibujada una montaña, por lo que todos los
testigos indicaron que se trataba de Nuestra Señora del Carmen del Monte Carmelo,
como pasó a denominarse desde ese momento, ya que su descripción era
idéntica a tal imagen mariana.

Éste es el retrato que hicieron las niñas de la “Señora” que comienza a manifestárseles
desde el domingo 2 de julio. La primera vez que ocurría, se apareció acompañada
de dos supuestos ángeles, el arcángel San Miguel y otro, que las niñas no supieron
identificar en un primer momento. Se presentaba bajo la advocación de la Virgen del
Carmen. La misma Conchita, en su diario, nos habla de tan extraordinaria visión:
apareció la Virgen, con dos ángeles a cada lado… Uno era San Miguel, y el otro
no lo sabemos, pero parecían mellizos… Al lado del ángel de la derecha, a la altura
de la Virgen, veíamos un ojo de estatura muy grande… Parecía el ojo de
Dios… Ese día hablamos mucho con la Virgen y Ella con nosotros… Le contamos
todo… Le contamos que íbamos al prado, a la hierba, que nos tostábamos
y que teníamos la hierba en morunos… Se reía de que la contáramos tantas
cosas… Luego rezábamos el Rosario mirándola y Ella le reza con nosotras para
que lo hiciéramos bien… En el momento que terminamos nos dijo que se iba…
Le dijimos que se quedara un poquitín más, que se había quedado muy poco
tiempo… Se reía… Nos dijo que vendría el lunes y nos dio mucha pena cuando
se marchó. Cuando se había ido la Virgen, algunos no creían en ello porque le
habíamos dicho muchas cosas… Pero casi todos ellos creían que era la Virgen,
pues decían que Ella era como una madre que no ha visto a su hija desde hace
mucho tiempo y entonces la hija le cuenta todo… Y más aún nosotras, que nunca
la habíamos visto antes… Y más también porque era la Madre del Cielo. Así
terminó este 2 de julio, día muy feliz, porque habíamos visto a la Virgen por
primera vez… Con Ella podemos estar siempre que queramos”.
… Nos fuimos a La Calleja, a rezar el Rosario… Sin llegar allá, se nos
Obsérvese la conversación que tiempo más tarde mantuvo Jacinta con un sacerdote
que investigó los hechos, cuando la interrogó acerca de la identidad de
los dos seres aparecidos tenidos por ángeles:
sus apariciones era el arcángel San Miguel hasta que la Virgen se lo dijo ese día
2 de julio. También dijo que el otro que acompañaba a la Virgen en la aparición
era San Gabriel”.
Jacinta me ha dicho años más tarde que ellas no supieron que el Ángel de

Esto es lo que declararía Conchita tiempo más tarde, con respecto a la forma
de aparecerse el ser tenido por la Virgen:
Salía como del cielo… Venía con dos ángeles y el Niño Jesús y había un ojo
encima de todos con mucha luz. Siempre se aparecía de repente, sólo que unas
veces traía al niño y otras no… Solía permanecer con los brazos abiertos y extendidos,
mirándonos, pero también los movía, miraba hacia la gente y unas
veces sonreía más que otras… Detrás de la visión se veían resplandores… Sus
ojos eran negros, más bien grandes… No recuerdo si pestañeaba, pero sí que
miraba de un lado a otro. Nunca la vimos llorar ni triste del todo. Su voz era
muy dulce y armoniosa. Según habla mueve los labios, como las personas con
sonido… Habla con voz clarísima. Nos besaba casi todos los días, salía de
Ella y era para despedirse”.
… La primera vez que vinos a la Virgen se nos apareció de repente…

En otras declaraciones de la niña sobre esta aparición concreta realizadas en
1966 en el colegio religioso de Burgos donde ingresó a los 17 años, dijo:
gente que había detrás… Cambiaba a veces de semblante, pero sin dejar de sonreír…
Yo le preguntaba: «¿A quien miras?» y Ella me respondía: «Miro a mis
hijos…». Hablábamos con Ella de todo, hasta de nuestras vacas… Se reía mucho.
También jugábamos. ¡Qué felices éramos entonces! Un día llegó a dejar su corona
a Loli, para que ésta se divirtiera poniéndosela en la cabeza, aunque Loli tenía
mucho miedo de ponérsela con las estrellas tan encendidas. No sufríamos nada
aunque alguien se metiera con nosotras… Era verdaderamente como una amiga,
como si viviera con nosotras… Y nos llamaba con nuestro nombre familiar, como
cuando nos llamaba la gente… No nos decía María Concepción, sino Conchita,
ni tampoco María Dolores, sino Loli… Ahora nos cansamos en nuestros ratos
de oración, pero entonces no sentíamos cansancio, ni sueño, ni nada… ¡La veíamos
tantas veces…! Al despedirse nos besaba… Al mismo tiempo que no sentíamos
ningún contacto material, no podíamos pasar más adelante porque allí
había algo que nos lo impedía… Queríamos tocar y nuestra mano, al llegar a
La Virgen muchas veces no nos miraba a nosotras… sino más lejos, a la
Ella, no tocaba nada, ni podía seguir más adelante. Hemos tenido al Niño Jesús
en brazos y no pesaba nada… Pero Él estaba allí. La Virgen nunca lloró, aunque
la gente lloraba con nosotras cuando nos veía llorar”.

Esto es lo que opinaba la vidente María Dolores sobre la Virgen que ellas veían
y su forma tradicional en general:
como la Virgen del Carmen, Virgen del Rosario, Virgen del Pilar… La parte
más bonita de la Virgen que nosotras vemos son sus ojos… No hay nada como
sus ojos… no se parecen a nada ni a nadie en el mundo. Yo no soy capaz de
describirlos, sólo puedo decir que son tan bellísimos que una no puede hacer otra
cosa que mirarlos…”.
No hay más que una Virgen, aunque puede tener muchas advocaciones,

Merece la pena resaltar el extraño componente que aparece en el conjunto de
la visión y que las niñas describieron en primer término como “el Ojo de Dios”.
Un tiempo más tarde de estas primeras declaraciones, algunos preguntaron a las
chicas que detallaran este objeto citado. Las niñas contestaron que se trataba de una
especie de cuadrado rojo, como de fuego, y en su interior, una suerte de triángulo
con una forma de ojo humano. Todo esto se encontraba sobre un “letrero”, cuyos
caracteres, de nuevo, como había ocurrido la vez anterior que había aparecido este
componente en una visión del ángel, no supieron comprender. ¿Sería esto lo que
las niñas veían o en verdad era simplemente las “traducciones” de las autoridades
eclesiásticas que asesoraban a las chicas para su divulgación? Esta duda, como veremos
a lo largo de este trabajo y hemos estado observando, nos acompañará durante
todas las descripciones de estos extraordinarios acontecimientos.

Al día siguiente de esta primera aparición del ser tenido como la Virgen, las
niñas fueron muy temprano a La Calleja, para rezar y dar las gracias a Dios por
haber sido las elegidas para aquella experiencia. Después regresaron a sus casas
para realizar las cotidianas tareas domésticas matutinas. Más tarde, asistieron a la
escuela y la maestra, doña Serafina Gómez, las recibió entre besos y abrazos, enormemente
emocionada.
–¡Que Dios os bendiga, hijas mías, y que nos dé fuerzas a todos para estar a la
altura de las circunstancias! Tenemos que saber corresponder con esta bendición
que nos ha caído…
Por la tarde, sus padres un poco más convencidos de que aquello que les pasaba
a las niñas era cierto y, al mismo tiempo, no era normal, les animaban ahora a ir a
La Calleja:
–¿No vais a ir hoy a rezar a La Calleja?
–No… todavía no nos ha “llamado”…

Ésta sería la primera vez que las niñas harían alusión a este término de “llamadas”
para referirse a las sensaciones que se producían en su interior momentos antes de
las apariciones y que posteriormente analizaremos de manera más detallada.
Aquella misma tarde, tras desarrollarse en ellas el proceso de la “llamada”, salieron
al mismo tiempo de sus respectivos hogares, coincidiendo en La Calleja en
el éxtasis. La Virgen se les apareció esta vez, pero no en compañía de los dos seres
tenidos por ángeles, como anteriormente se había presentado, sino, como ellas
mismas dijeron, con el Niño Jesús en sus brazos. Este Niño Jesús fue descrito por
las videntes como un bebé de un año escaso, que sonreía casi continuamente, el
cual fue dejado en sus brazos por la Virgen (muchos de los testigos a esta aparición
relatarían cómo las niñas iban pasándose algo invisible, como si se tratara de un
niño pequeño). Las niñas declararon que no pesaba en absoluto, pero que sí mostraba
resistencia, porque:
–¡Cuando se tocaba, la mano no podía avanzar más…!”

La aparición duró una media hora, comenzando a las 19:30 y concluyendo
sobre las ocho de la tarde.

A partir de este día, lunes 3 de julio, segunda jornada con la presencia de la
supuesta Virgen en las apariciones, los incidentes y los éxtasis con sus correspondientes
mensajes iban a ser prácticamente innumerables. Durante este mes que estamos
detallando, julio del 61, en la génesis de las apariciones, se pudo ver a las
niñas recoger pequeñas piedras del camino y ofrecérselas a la supuesta visión, con
la intención de que ésta les diera su bendición. Dichas piedras fueron poco a poco
sustituidas por rosarios, cadenas, cruces y otros objetos de los peregrinos, testigos
por miles que iban llegando a Garabandal ansiosos de una clara señal que atisbara
de una vez por todas, su fe. Las apariciones, como decimos, continuaron multiplicándose,
llegándose a producir incluso varias veces al día.

En cierta ocasión, habiendo tenido ya numerosos encuentros con la Señora, hablaba
Conchita con don José Ramón García, el cura de Barro al que más tarde nos
referiremos, en Asturias, describiéndole así a la aparición tenida como la Virgen María:
eran largos, morenos y con una raya en medio… Nunca la hemos visto velo sobre
Hoy la Virgen ha venido sin el Niño. Tampoco traía corona. Sus cabellos
la cabeza y sus cabellos se menean ligeramente con el paso de la brisa… Viene
siempre vestida de blanco y con un manto azul. Sólo el día de la fiesta del Carmen,
el 16 de julio, la he visto con un hábito carmelita… Y el Niño Jesús es
muy difícil de explicar cuál es el color de su ropa… Es como si vistiera de un
poco de cielo, pero no precisamente azul, no sé de que puede estar hecha su ropa”.

Como podemos comparar con respecto a la primera visión, el atuendo de la
Virgen ha variado sensiblemente. En otras ocasiones como la que nos ocupa, la
aparición no llevaba corona “luminosa” ni la compañía del otro ser tenido como
el Niño Jesús. El detalle del ligero movimiento de su cabello cuando es movido
por el viento nos da una idea de que la aparición es real, material, que se encuentra
en el mundo sólido al que pertenecen las niñas, ya que su presencia o constitución
se siente alterada por los agentes atmosféricos que acontecen en el medio.
Pero, si esto es así, ¿por qué solamente se hace visible a las niñas y no es posible
divisarla por los demás testigos que se encuentran en su mismo plano?.
Ese lugar de las apariciones que antes describíamos, distinguido ya como La
Calleja, sube a una pequeña planicie, a mitad de camino hacia la loma que res-
guarda al pueblo, donde se encuentran unos pinos, conocida con este nombre precisamente,
el de “Los Pinos”. Son nueve, plantados en forma más o menos circular,
un poco más arriba que la capilla construida por particulares, en honor a San Miguel,
debido a las apariciones.

Estos árboles, algunos hoy en mal estado, son los que quedan de una antigua
plantación que se realizó en el monte Hormazo, de robles y pinos, por acuerdo
del cura don Ángel Cosío Vélez y el alcalde del pueblo en aquellos años, Serafín
González, abuelo paterno de Conchita. Curiosamente, la ocasión que se eligió
para comenzar con dicha reforestación en aquel lugar, fue el día que celebraban
la Comunión los niños del pueblo. Dicho lugar, a la postre, fue uno de los escenarios
con más protagonismo en el caso Garabandal por los sucesos que allí se
iban a desarrollar y bien merece la pena hacer un inciso, analizando sus características
coincidentes con otras apariciones de tipo mariano.
Recordemos que el árbol tiene un sentido del origen de las cosas, como por
ejemplo el “Árbol del Edén”, y otros tantos que de forma simbólica han repre-
sentado el génesis o la paternidad de las civilizaciones. Sus formas altas y alargadas,
parecen unir o poner en comunicación el mundo terrestre con los dioses
celestiales.

Es frecuente que, en este tipo de sucesos, la Virgen se muestre encima o al
lado de un determinado árbol. Tanto en las antiguas apariciones de carácter mitológico
como en las modernas apariciones religiosas, se eligen lugares próximos
a accidentes naturales, como cuevas, fuentes, arroyos y, como estamos viendo,
sobre todo árboles.

Los árboles tradicionalmente son considerados como favoritos de las hadas,
como los fresnos, los pinos, los robles o las encinas; son también aquéllos en los
cuales los videntes dicen ver y oír a estas extrañas manifestaciones marianas.
Joan Amades y otros grandes investigadores han llegado a la conclusión de que
detrás de estas visiones de la Madre parecen reproducirse creencias muy antiguas,
incluso en los albores de la humanidad, y, quien sabe, puede que incluso sean la
misma cosa. A continuación se enumeran como ejemplo algunos árboles y arbustos
que han sido testigos de excepción de apariciones marianas en los últimos años
en España y la aureola de misticismo que los rodea:

Encina:
con la Divinidad. En varias ocasiones, se creía en la antigüedad, que el propio
Zeus se convertía en Encina para espiar a los hombres. Es uno de los principales
árboles sagrados de Europa. Sobre este árbol apareció en 1917 la Virgen de Fátima,
y anteriormente, en el siglo XVII la Virgen de Begoña, en Vizcaya.
Es el árbol de Zeus, del Dios supremo. Por eso en Grecia se le asocia
Fresno:
misteriosa tribu, de naturaleza belicosa y ruda, con aspecto de “bronce” (¿?),
que sumió al mundo en una continua guerra. En el mundo heleno también
existían las ninfas de los fresnos (lo que hoy podríamos traducir como Vírgenes),
y las armas, sobre todo lanzas, destinadas al combate y a matar, eran elaboradas
con madera de este árbol. A su vez, era el árbol clave de la cultura
nórdica, ya que el primer hombre, según el mito de Snorri, surgió de este
vegetal. La Virgen de El Escorial se aparecía en él durante los años 80.
Curiosamente, según la tradición griega, de este árbol surgió una
Castaño:
Badajoz, se aparecía a mediados de los años 40.
La Virgen de los Dolores o de la Soledad de La Codosera, en
Morera:
La Virgen del Repilado, en Huelva, en el año 1987.
Higuera:
como en Fenollet, Valencia. Ambas apariciones estuvieron rodeadas de fuertes
luces y resplandores.
En Benalupe de Sidonia, provincia de Cádiz, en el año 1986, así
Pino:
En Alcira, Valencia, en 1985.
Roble:
significaba la fuerza y el poder, y es llamado en esta tierra
o rebollo. Los bosques de este árbol han sido considerados lugares sagrados
y de culto, rodeados de leyendas e historias mitológicas. En él se han dado
numerosas apariciones supuestamente marianas.

La visión de esta extraordinaria presencia en aquel y en otros lugares del pueblo,
como es de esperar, maravilló a las niñas. Hay una anécdota que describe hasta
qué punto ya nada les iba a sorprender de tal forma como la aparición. Un día,
después de las primeras supuestas apariciones de la Virgen, el padre jesuita Lucio
Rodrigo, que era profesor en la Universidad Pontificia de Comillas, llevó a Mari
Loli a aquella localidad costera para que contemplara por primera vez el mar, ya
que no lo conocía. Por supuesto, aquella panorámica sorprendente encantó a la
niña. Pero cuando la preguntaron sobre su parecer, la niña respondió:
Árbol sagrado para los griegos y para los celtas. Para los cántabroscagiga, cagigu, rebolla–Esto es todo muy bonito, pero… ¡después de haber visto a la Virgen…!”.




















ÍNDICE DEL LIBRO:

Introducción:
Sobre la Virgen María, las apariciones marianas y otros personajes celestiales.................. 13
Crónica de lo sucedido en Garabandal. Sus protagonistas ............................................... 29
La opinión de dos sacerdotes testigos de los sucesos ....................................................... 63
¿Aparición mariana o/y objetos voladores no identificados? ............................................ 71
Lo ocurrido tras el impacto inicial. Los éxtasis. Cronología de estos sucesos ..................... 81
El quinto vidente: el Padre Andréu .................................................................................. 93
Las llamadas, las locuciones y las apariciones................................................................... 103
La noche de los gritos. El “milagrucu”............................................................................. 115
La historia de Joey Lomangino. Garabandal y su relación con el Padre Pío ....................... 125
De los últimos éxtasis y el interés de Roma por el fenómeno. Conchita en Roma ............. 131
Los mensajes de tipo profético ........................................................................................ 137
La opinión de la iglesia en todo este fenómeno. La Comisión .......................................... 155
Otro testimonio curioso: el informe de la guardia civil ..................................................... 169
Un testimonio excepcional: las vivencias de Doña Maximina González,
tía y madrina de Conchita ............................................................................................... 187
Los exámenes de varios médicos y sus dictámenes .......................................................... 205
Las opiniones del Doctor Gullón, el médico del lugar en aquellos tiempos ....................... 213
Características aparentemente verdaderas e inexplicables de este fenómeno.
Las curaciones milagrosas relacionadas con Garabandal .................................................. 229
Las dudas aparecen. Las negaciones de las niñas. El final de las apariciones..................... 251
La actualidad de las videntes. Las consecuencias de las apariciones en sus vidas.
Difusión mundial de las apariciones................................................................................. 273
Las esperanzas frustradas, algunos intentos de explicación.............................................. 279
La sombra del engaño. La cuestión económica de las apariciones. Reflexiones finales...... 283
Post Scriptum. La muerte de Mari Loli Mazón.................................................................. 307
Bibliografía consultada
................................................................................................ 311Epílogo......................................................................................................................... 315






CRÓNICA DE LO SUCEDIDO EN GARABANDAL.
SUS PROTAGONISTAS

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